Con causa

No subestimes la influencia que puedes tener en la vida de otra persona ni en el tamaño de tu esfuerzo que, a veces, pudiera parecerte mínimo: un gesto amable.

Por Marysol Morán

Hace poco me encontré con esta frase de Martin Luther King: “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”. ¿Será?

En términos psicológicos, ayudar aumenta el autoestima, disminuye los niveles de estrés y hace sentir útil a la persona que ayuda. Además, fomenta un sentimiento de optimismo, tanto en la persona que apoya a otra, como en la que recibe la ayuda. En términos médicos, ayudar a alguien mejora la salud: el cerebro libera oxitocina, dopamina y serotonina que, además de combatir el estrés, provocan un sentimiento de felicidad y tranquilidad. Estas hormonas de la felicidad logran mantener la salud en un estado óptimo.

Está muy bien ayudar cuando se presenta una tragedia o un desastre natural, pero las necesidades se presentan en todo momento y personas o grupos vulnerables se encuentran constantemente acechados por las carencias cotidianas. Si no sabes cómo ayudar, puedes empezar por considerar donar tu tiempo a alguna institución altruista que te haga sentido por sus objetivos, a favor de la educación, del medio ambiente o de la comunidad donde vives, por ejemplo. Estas organizaciones también tienen necesidades económicas, contribuir con una cantidad mensual o ayudarles a recaudar fondos es otra forma de ayudar.

Mi vida de maratonista no ha sido muy extensa; hace poco leí que sólo 1% de la población mundial terminará un maratón en su vida. Este objetivo constituye un gran reto. En dos semanas estaré corriendo un maratón con causa. ¿Por qué decidí que cada uno de los 42 kilómetros tuvieran por lo menos un donador? Tuve la fortuna de conocer a una atleta de alto rendimiento que se dedica a recaudar fondos para diferentes causas con sus conferencias y retos deportivos. Le conté sobre mi objetivo y sobre lo mucho que me ha costado entrenar para alcanzar esta meta; le comenté también que pensaba correrlo con un propósito mayor, pero que me sentía insegura de hacerlo. Me dijo: “Anímate, estás haciendo un gran esfuerzo y vale la pena que trascienda. Imagínate que todos los que van a correr ese maratón lo hicieran por una causa, cuánto beneficio traería a muchas personas”. Y tiene razón, porque los granitos de arena sí pueden hacer una diferencia en la vida de alguien. Yo abracé la causa de los niños con cáncer: pequeños que, a pesar de su corta edad, nos demuestran con su lucha que la vida vale la pena ser vivida, disfrutan al máximo cada minuto y sonríen incansablemente. ¿Cómo no apoyar la esperanza y la fe que estas personas abrazan cada día? Anímate a adoptar una causa. Puedes hacer como yo, que escogí una fundación a la cual apoyar, pero no hay que ir lejos: hay causas que pueden tener origen en tu misma familia, con las personas que te rodean. Ayudar a alguien cercano a estudiar también es una causa. No subestimes la influencia que puedes tener en la vida de otra persona ni en el tamaño de tu esfuerzo que, a veces, pudiera parecerte mínimo: un gesto amable, una palabra de aliento, una pequeña acción. Mi consejo es que nunca desperdicies la oportunidad de ayudar si se te presenta. Se trata de abrir los ojos y sensibilizarnos sobre a quién le hace falta que le echemos una mano. Por ti, por mí y por todos nuestros compañeros. Luther King, sin duda, tenía razón.

Twitter: @maysolecita

Temas: