Por María Elena Esparza Guevara*
Parece que ya todo es futbol. El Mundial nos hizo vibrar con la victoria inaugural de México y el ánimo está mejor que nunca. Da la impresión de que la vida se pausa un ratito para dar paso a esta fiesta de encuentros con amistades y familia, muchos de ellos en la sala del hogar, que es el principal estadio para millones de personas en el mundo. Pero ahí pueden ocurrir otro tipo de autogoles.
En abril de 2026, en un departamento de Polanco, Carolina Flores Gómez fue víctima de feminicidio con arma de fuego a manos de su suegra. El caso se hizo muy viral, aunque también ésos se olvidan con el paso de los días y los nuevos escándalos; ella tenía 27 años y un bebé de meses. La última frase que se escucha en el video, dicha por la suegra a su hijo, pareja de la víctima, fue: “Tú eres mío, ella te robó”.
Pocas palabras y lo dicen todo. Ese crimen no fue un episodio excepcional, aunque sí extremo: es el punto final de una dinámica tóxica que en México hemos convertido en chiste. La suegra malvada lleva décadas siendo personaje de memes, refranes y sketches de comedia. Se le caracteriza como metiche, celosa, chantajista, incapaz de soltar a su hijo. Y mientras la hacemos caricatura, normalizamos lo que debería alarmarnos.
La teórica feminista Marcela Lagarde ofrece una clave para entender este conflicto sin reducirlo a enemistad natural entre mujeres. Sostiene que el orden patriarcal produce identidades femeninas centradas en el servicio, la maternidad y la vida para los otros; le llama la “madre-esposa”. Desde ese personaje, la identidad de muchas mamás se construye respecto del control sobre el hijo, quien cuando forma pareja y un nuevo núcleo familiar, la “desplaza” en centralidad. La nuera entonces no aparece como una integrante más, sino como la mujer que reordena y limita su acceso al hijo.
Reyna Flores Molina, madre de Carolina, afirmó que la tensión entre su hija y su suegra comenzó desde el embarazo. Ese trayecto de conflicto sostenido es exactamente lo que la feminista Rita Segato llama “violencia expresiva”: una que comunica, impone autoridad y restaura jerarquías antes de volverse letal. La familia no es un refugio natural, es también un espacio de obediencias y silencios.
La última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares en 2021 documentó que 11.4% de las mujeres de 15 años y más en México experimentó violencia familiar en los últimos 12 meses (alrededor de 5.75 millones). Las agresiones que vienen del entorno familiar extendido son frecuentemente invisibilizadas porque no encajan en el relato dominante de la violencia de género, que suele centrarse en la pareja íntima. Y porque la cultura popular las presenta como inevitables.
Aquí entra el humor: no hay chistes inocuos en una sociedad machista. Lo que en otro contexto sería hostigamiento o violencia psicológica, dentro de la broma es neutralizado en su peligro. La risa funciona como anestesia cultural: disfraza la conducta abusiva y dificulta nombrarla como abuso; también desplaza la responsabilidad: la nuera es exagerada si se queja, la suegra es un personaje inevitable, es así, y el hijo varón queda como víctima pasiva entre dos mujeres “peleoneras”. Esa distribución cómica absuelve al varón adulto de poner límites.
Desmontar el estereotipo permite mirar cómo la rivalidad entre suegra y nuera no es enemistad natural, sino producto de un orden patriarcal que empuja a las mujeres a disputarse el amor del hombre. Si va la suegra a ver el próximo partido en tu casa, saca tarjeta roja a quien aproveche la ocasión para un chiste tóxico al respecto. La visibilización es semilla del cambio social. Es una portería que a todas y todos nos conviene defender.
*Fundadora de Ola Violeta AC
X: @MaElenaEsparza
