¿A qué vienen a la universidad?

Contestamos ingenuamente, venimos a aprender.

Por Paulina Majul Rubio

Entré al salón unos minutos tarde, como siempre, y me senté en una de las sillas que estaban en el espacio. La clase empezó como cualquier otra, repitiendo una vez más mi nombre para presentarme con el grupo. El maestro inició de una manera distinta a la de siempre, sin presentarse ni tampoco con decirnos de qué trataría la clase; todos estábamos sentados con miradas confundidas y risas entre el silencio y fue cuando nos preguntó: “¿Ustedes a que vienen a la universidad?”. Después de escuchar la pregunta, todos contestamos ingenuamente que veníamos a aprender. Al escuchar la respuesta, el maestro nos corrigió diciendo que todos estos años lo hemos hecho mal. Todos nos mirábamos desconcertados intentando descifrar qué era lo que él quería decir, y de pronto continuó con su idea diciendo: “Ustedes tienen que venir a la universidad a cumplir el objetivo del día, y así con todo lo que hagan, si en sus mentes está únicamente el hecho de que vienen a estudiar, van a vivir sin propósito ni significado, haciendo de cada ciclo algo predecible y aburrido, de lo cual no sacamos el mismo provecho”.

Desde que tengo memoria, voy a la escuela, cada año tomando distintas clases, conociendo nuevos maestros y compañeros que van formando parte de mi trayectoria, y algo que casi siempre hice mal fue comenzar con una actitud bastante negativa esperando con ansias las vacaciones.

Al escuchar las palabras que mi maestro dijo, pensé en todas esas veces en las que llegaba a la escuela con flojera, checando el reloj múltiples veces y quejándome de estar ahí sin darme cuenta de que estar ahí es un privilegio y algo de lo que podía sacar más que buenas calificaciones.

Al entrar a la universidad, por segunda vez, con el cambio de carrera, mi actitud comenzó a transformarse, me di cuenta de lo feliz que me hace aprender y no sólo eso, sino poder aplicarlo en mis proyectos personales, o lo divertido que es llegar a mis clases con amigos y personas diferentes. En el momento que fui consciente de ambas actitudes y el cambio que generaban en mí, me di cuenta de lo importante que es lo que dijo mi maestro y no simplemente escucharlo, sino aplicarlo diariamente.

A veces me siento abrumada buscando que todo lo que haga en el día a día impacte de cierta manera, cuando realmente dar significado es hacerte presente dentro de tu propia vida, aun cuando algo no tenga gran efecto. Puede que esto genere cierta confusión, ya que nuestra vida es la única en la que siempre estamos presentes, pero por más simple que se escuche, la mayor parte de las personas sólo existen y caen en conciencia a veces muy tarde de que en realidad no han hecho nada por ellos mismos.

El objetivo del día puede ser algo tan simple como descansar de una semana pesada sintiéndome satisfecha de que cumplí con mis objetivos personales, y está bien, sólo porque estoy siendo consciente de ello; aquí es cuando entra la actitud, puedo estar haciendo exactamente lo mismo, pero desde un ángulo más deprimente en el que podría estar harta de no parar en toda la semana, sintiendo todo como una obligación y una carga.

Somos humanos, no podemos ser siempre positivos, productivos o tener la actitud perfecta ante todo, pero en esta vida gana quien sigue avanzando y buscando lo mejor.

Vivir cada día con propósito quita un enorme peso de mis hombros, incluso en esos días en los que me enredo en una espiral de pensamientos sin salida, caigo en conciencia de que no es la primera vez y que, eventualmente estaré bien, porque ya lo he sabido manejar tras una búsqueda de propósito seguida de objetivos. Si un día no puedo, el siguiente sí podré, porque será suficiente con buscar un simple objetivo al día.

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