Zedillo, el caradura
El caso de Ernesto Zedillo es un ejemplo de opinador interesado. Demanda auditar el Tren Maya, Dos Bocas y otras obras emprendidas en el sexenio anterior, pues quedaron inconclusas pese al endeudamiento de tres billones de pesos sólo en 2023 y 2024, con lo cual las arcas nacionales quedaron vacías. Sin embargo, el acusador de hoy es el impresentable Ernesto Zedillo.
Abundan las razones para criticar a los gobiernos de Morena, como lo muestra el elevado endeudamiento heredado del pasado sexenio, el cúmulo de obras inconclusas, el costo de las ocurrencias pejistas, el derroche y la protección a los parientes y amigos del tabasqueño metidos en líos legales, entre muchas cosas más.
El periodismo independiente ha vivido estos años bajo una andanada de ataques desde las alturas del poder, donde se olvida que la función de informadores y analistas es, precisamente, señalar lo irregular, lo que está mal, lo que daña a la sociedad y a la nación.
En el ámbito informativo, según dicen los viejos de la tribu, las buenas noticias no son noticias, y no lo son porque, si las cosas marchan bien, damos por hecho que ése precisamente es el deber de todo gobierno. En los años dorados del priismo, los medios de comunicación solían pasar por alto lo que estaba mal, lo que dañaba al grueso de los mexicanos, pues las oficinas de prensa compraban el silencio a quien lo quería vender.
Pero Morena, en buena hora, acabó con ese control monetario del periodismo, lo que confluyó con una larga lucha de los comunicadores por ampliar los marcos de la libertad de expresión, la que hoy, como nunca, ofrece la posibilidad de emplearla para analizar la vida pública, para hacer la crítica de todo aquello que se aleje de lo señalado por las leyes y el interés mayoritario.
Por supuesto, la crítica y las propuestas divergentes no son monopolio de los periodistas, pero ésa es la función profesional de informadores y analistas entre los cuales hay, como es de suponerse, la más amplia variedad de visiones y comprensiones, de tendencias y hasta de intereses.
Todo ciudadano tiene el derecho a ejercer la crítica, lo que incluye a los políticos, pero la opinión de éstos está regida por el interés personal o de partido. Por todo esto, hay que tomar con cuidado lo que diga cualquier político, sobre todo si tiene o tuvo el poder.
El caso de Ernesto Zedillo Ponce de León es un ejemplo de opinador interesado. Ese expresidente de la República demanda auditar el Tren Maya, Dos Bocas y otras obras emprendidas en el sexenio anterior, pues quedaron inconclusas pese al endeudamiento de tres billones de pesos sólo en 2023 y 2024, con lo cual las arcas nacionales quedaron vacías.
Sin embargo, el acusador de hoy es el impresentable Ernesto Zedillo, el inepto que desfondó el país en el primer mes de su mandato, pero que antes alertó a empresarios de su círculo o cercanos a él, lo que entonces les permitió especular con la inminente devaluación del peso y sacar del país una “enorme” cantidad de dinero, de acuerdo con lo declarado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Sí, hay que auditar las obras de López Obrador y los negocios que se hicieron durante su gestión al amparo de parentescos y compadrazgos, pero con el mismo rigor hay que revisar a qué empresas nacionales y extranjeras favoreció Zedillo y explicarse por qué luego esas firmas beneficiadas lo premiaron con jugosos empleos, mientras que no ha dejado de cobrar una pensión vitalicia de 143 mil pesos mensuales (¿del Banco de México?).
No debe olvidarse que, durante su periodo presidencial, Zedillo se compró en el Pedregal de San Ángel una casita de 25 millones de dólares (500 millones de pesos actuales), algo que publicó el diario Reforma sin que el casateniente fuera capaz de aclarar quién pompó. Representantes de su gobierno se hallaban en negociaciones con los zapatistas, pero un buen día el entonces mandatario mostró su talente traidor y lanzó contra ellos al Ejército.
Pero la máxima hazaña de ese pícaro fue la brutal devaluación de 1994-95, que hundió en la miseria a muchos mexicanos, perdieron casa, coche y otros bienes, mientras que en la Feria de Zedillín se procedía a rescatar a los banqueros mediante el Fobaproa, para que, una vez saneados los bancos, pudieran venderlos a firmas extranjeras que hoy dominan tres cuartas partes del mercado financiero “mexicano”, en el que obtienen ganancias hasta de 79%, y todo mientras se mantiene la deuda del Fobaproa, equivalente a 4.5 veces lo destinado a educación y más de 30 veces lo que se gasta en salud pública.
Ernesto Zedillo debería estar en la cárcel.
