¿Y la reforma fiscal, cuándo?
Resulta inexplicable que sea “positivo que se reafirme el compromiso de estabilizar la deuda pública tras el incremento acelerado” del sexenio anterior, pues difícilmente se gana estabilidad aumentando la deuda a niveles que representan un alto riesgo para la soberanía, sobre todo si consideramos que Donald Trump no abandonará su política de hostilidad económica contra todos.
Es notorio, por no decir escandaloso, que las autoridades hacendarias esgriman toda clase de pretextos para no realizar una reforma fiscal, pues las actuales tasas impositivas son más o menos las mismas de hace diez años, lo que beneficia a los sectores de mayores percepciones.
Se sabe que entre los principales beneficiarios de la presente situación fiscal están los bancos, que el año pasado resultaron beneficiados con las más altas utilidades de su historia. Por eso se agradece que BBVA declare que “en el mediano plazo será necesaria una reforma fiscal, considerando que las presiones sobre el gasto público continuarán por la ampliación de los programas sociales y el pago de pensiones”.
Para el banco vizcaíno, esos programas sociales y las pensiones del programa Bienestar son los culpables de que el país arrastre una desastrosa situación económica, pues equivalen a casi un billón de pesos anuales, aunque omite decir que esos programas y pensiones son para los sectores sociales que viven al día o menos que al día.
Pese a todo, agregan los analistas de la firma financiera, modificar las tasas del IVA e ISR tendría un “efecto económico contractivo en el corto plazo”, pero lo cierto es que el gobierno necesita más ingresos para impulsar la producción de bienes y servicios y la creación de empleos. Sin reforma fiscal, el país seguirá vegetando con tasas de crecimiento de uno por ciento o menos.
Un comentario más que requiere explicación es que la casa proveniente de Vizcaya considera “positivo que se reafirme el compromiso de estabilizar la deuda pública tras el incremento acelerado registrado entre 2020 y 2024”. Como se sabe, en los dos últimos años de su sexenio, Andrés Manuel López Obrador contrajo deuda por tres billones de pesos y dejó las arcas vacías.
Si un gobierno no tiene dinero, debe escoger entre endeudarse más o realizar una reforma fiscal para salir del hoyo. Las actuales autoridades de la República han optado por endeudarse más, pues su presupuesto para el año próximo es de 10 billones 193 mil pesos, pero sus ingresos serán, si bien nos va, por ocho billones 721 mil pesos. El déficit de billón y medio se cubrirá con más deuda.
Por lo anterior, resulta inexplicable que, como dicen los analistas del banco bilbaíno, sea “positivo que se reafirme el compromiso de estabilizar la deuda pública tras el incremento acelerado” del sexenio anterior, pues difícilmente se gana estabilidad aumentando la deuda a niveles que representan un alto riesgo para la soberanía, sobre todo si consideramos que Donald Trump no abandonará su política de hostilidad económica contra todos.
De ahí que sea inentendible que Rodrigo Mariscal, titular de la Unidad de Planeación Económica de la SHCP, declare que la incertidumbre causada por la política arancelaria de Trump hizo que los hogares retrajeran su consumo y que las empresas pospusieran o retrasaran sus proyectos de inversión, pero, según el citado funcionario, ya quedó atrás “el pico de incertidumbre”.
Lo curioso es que Mariscal agregó que, “si bien estamos peor que el año pasado porque tenemos una tarifa mucho más alta de la que teníamos, en relación con otros países estamos mucho mejor”. Sí, mucho mejor con más deuda, con aranceles más altos y con menos dinero para financiar las actividades estatales y estimular las privadas.
Con esas políticas fiscales y ese pavor a que paguen más quienes pueden hacerlo, México seguirá endeudado por muchos años, con bajas tasas de crecimiento, si es que hay crecimiento, con más de la mitad de su fuerza de trabajo perdida en la informalidad, sin seguridad social, sin jubilación y sin futuro.
Impuestos y deuda servirán para seguir cubriendo las ineficiencias, los desfalcos y las raterías que padecen Pemex y el sector público; las mafias continuarán apoderadas de mil y una actividades “legales” e ilegales, las ciudades permanecerán en la ruina, con calles y carreteras del país llenas de baches, con el cablerío ofreciendo una sensación de abandono en las ciudades y con inundaciones evitables. Mientras tanto, los hospitales públicos no tendrán medicinas, la cultura seguirá como el patito feo de la 4T y el Mundial de Futbol será un formidable escaparate de nuestras miserias. ¿Y luego?
