Diario de una transición histórica: la autoridad templada de Sheinbaum
El primer libro de Claudia Sheinbaum, Diario de una transición histórica Planeta, no es un memorial del poder: es la bitácora de una autoridad templada. La Presidenta propone gobernar y, a la vez, dirigir sin desplantes ni purgas: humildad como poder suave, unidad como ...
El primer libro de Claudia Sheinbaum, Diario de una transición histórica (Planeta), no es un memorial del poder: es la bitácora de una autoridad templada. La Presidenta propone gobernar y, a la vez, dirigir sin desplantes ni purgas: humildad como poder suave, unidad como método y una disciplina que opera por dos vías: en lo político, las urnas; en lo legal, los jueces. La apuesta: sostener un movimiento mayoritario sin convertirlo en partido de Estado.
Más que repasar orígenes, el libro ordena principios y de ellos deriva decisiones de gobierno y Estado. El foco está en el traspaso de responsabilidades y en la gramática del poder que Sheinbaum quiere consolidar: sobriedad, método y procedimiento.
La palabra clave es humildad. No adorno, regla: “El poder se ejerce con humildad”, “a todas y a todos nos juzga el pueblo”. El diario la convierte en criterio de mando —austeridad, sobriedad, rendición de cuentas— y la práctica pública la refuerza: ante excesos, se repite el estándar y el veredicto se remite al soberano.
La segunda llave es la unidad. Para preservarla, la Presidenta separa gobierno y partido, y fija un principio rector que prohíbe conductas que erosionan la legitimidad: “Morena no debe ser un partido de Estado”. Es liderazgo por reglas, no por arrebatos: vivir los principios del movimiento y actuar dentro de ese marco.
Esa arquitectura resuelve una tensión visible: la aparente permisividad ante conductas poco acordes con la humildad. La respuesta es un doble rasero explícito: que el voto del pueblo decida cuando no hay delito y que el juez emita sentencia cuando lo hay. Sheinbaum evita ser árbitro disciplinario del partido para no contaminar al Estado; la ciudadanía y la justicia asumen la sanción. El “mando sobrio” se medirá por su coherencia y por lo que arroje la reforma judicial.
¿“Continuidad con cambio” o “segundo piso de la 4T”? AMLO bautizó la fórmula, Sheinbaum la edifica. Hay continuidad en principios —humildad, unidad y cercanía con la gente; el propio libro recoge el consejo de no abandonar las giras—. Y hay cambio en el sujeto y el método: primera mujer Presidenta, con formación técnica, que gobierna desde la responsabilidad. El segundo piso no es estilo, es arquitectura: apego a la ley, reglas claras, programas institucionalizados y construcción de Estado para que las políticas perduren.
Viene la prueba sísmica. Si el segundo piso está bien calculado —cimientos de humildad como regla, estructura de unidad como método y contrapeso del pueblo—, debería soportar el temblor previsible: inseguridad, corrupción y mucho poder, muy rápido, en manos de cientos de cuadros con compromisos dispares. La hipótesis de Sheinbaum no es derribar muros con purgas ni apuntalar con carpetas mediáticas: es confiar en dos amortiguadores. Urnas para corregir conductas políticas y coordinación en la Mesa de Seguridad para perseguir y sancionar delitos con una reforma judicial sin margen para fracasar.
Hay, además, un rasgo revelador de lectura: el retrato que la autora hace de figuras del movimiento. Con algunos es afectuosa y subraya virtudes; con otros, parca, apenas el cargo, y hay ausencias notorias. Esa economía del elogio y esas omisiones —que los propios lectores identificarán— generarán conversación dentro del oficialismo.
Diario de una transición histórica ofrece algo más raro que confidencias: un vocabulario de gobierno. Si Sheinbaum sostiene la humildad que reclama, preserva la unidad sin confundir partido y Estado, y respeta al pueblo como última fuente de poder y legitimidad, su segundo piso no será metáfora: será estructura. Quien quiera entender cómo se propone gobernar desde Palacio tiene aquí el cuaderno de obra.
