El abatimiento de Nemesio Oseguera, El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), no fue sólo un operativo de seguridad. Fue una disputa por el relato: quién define qué ocurrió, qué debe temerse y qué debe celebrarse. En 2026, la violencia se comunica en tres niveles: lo que pasa en el territorio, lo que dice el gobierno de México y lo que circula en redes sociales y WhatsApp, empujado por plataformas que premian el escándalo. La economía de la atención es gasolina: una chispa real y diez falsas producen el mismo incendio emocional.
Ése fue el campo de batalla tras la muerte de El Mencho. el gobierno de México buscó que la conversación dijera “Estado”: capacidad, legalidad, control. El CJNG intentó que dijera “caos”: ingobernabilidad, miedo, parálisis. Ambos saben lo mismo: el público rara vez lee informes; consume fragmentos. Y en México la desinformación suele llegar con sello doméstico: “Me lo mandó un primo que trabaja en tal dependencia”. La mentira no necesita pruebas; necesita cercanía.
Claudia Sheinbaum y el Gabinete de Seguridad apostaron por un encuadre simple y repetible: operación mexicana, respuesta legal y conducción política. La Presidenta negó participación operativa de Estados Unidos y habló de intercambio de información: soberanía sin aislamiento. El Gabinete añadió el componente técnico: no difundan rumores, consulten canales oficiales, se está actuando. La conferencia matutina funcionó como ancla: un punto fijo para que la conversación no se fuera detrás del primer audio alarmista. Y, al cierre, el Estado mostró lo que hoy vale oro: procedimientos. Confirmaciones forenses, cadena institucional, evidencia visible. En tiempos de inteligencia artificial, la prueba se volvió el nuevo discurso.
El CJNG eligió el lenguaje clásico del poder criminal: comunicar con hechos. Bloqueos, vehículos incendiados, comercios cerrados, clases suspendidas, narcomantas. Acciones costosas y visibles para decir “seguimos aquí”. A esa violencia le añadió una capa digital: videos fuera de contexto e imágenes falsas —algunas creadas con inteligencia artificial— para que México pareciera arder completo, aunque los hechos sucedieran, por separado, en muchos puntos. El narco también hace mercadotecnia; su producto no es una marca, es el pánico. Su promesa no es “te vendo”, es “te alcanzo”.
La disputa real era por el criterio con el que juzgaríamos la semana. El cártel quería que México evaluara al gobierno con una sola pregunta: “¿puede protegerme hoy?”. Sheinbaum empujó otra: “¿puede el Estado golpear arriba y contener abajo?”. Si la sociedad juzga con el primer criterio, el crimen organizado siempre puede fabricar angustia. Si juzga con el segundo, el Estado puede demostrar capacidad: actuar, ordenar, probar.
Mi veredicto es que ganó el gobierno de México. El intento de convertir el abatimiento de El Mencho en un relato de colapso fue estridente, pero no decisivo. El encuadre que prevaleció fue el de fortaleza estatal: abatir al intocable, retirar bloqueos, desmentir falsedades, investigar a quienes sembraron pánico y cerrar con evidencia. El CJNG hizo ruido; no logró imponer la idea de que mandaba. La represalia se leyó como reacción, no como mando, y esa diferencia separa un Estado en crisis de un Estado en operación.
Las lecciones son incómodas. Una: hoy la seguridad pública incluye administrar el rumor; si el Estado llega tarde a WhatsApp, llega tarde al territorio. Dos: tranquilizar no es negar; la credibilidad se rompe cuando el ciudadano ve humo al tiempo que le dicen “todo normal”. Tres: la legitimidad se construye con procedimientos visibles, no con adjetivos. Cuatro: una victoria narrativa dura lo que dura la consistencia. México no solo pelea por territorio: pelea por significado. Y quien controla el significado controla la agenda.
Pero ojo: si vuelve el fuego, el encuadre se invierte. Ganar el relato una semana no te exime de reducir homicidios un año. Con el Mundial 2026 a la vuelta de la esquina, ésa es la prueba. Esta semana dejó un mensaje en México: la fortaleza del Estado mexicano existe. Ahora falta demostrarla más veces, sin propaganda ni silencios.
