Hay momentos en la televisión —y también en la vida— en los que las historias llegan justo cuando tienen que llegar. Hoy es uno de esos días. Esta noche, en punto de las ocho, a través de Imagen Televisión, se transmite El minuto que cambió mi destino sin censura, un programa que, como siempre digo, no se trata de escándalo gratuito, sino de escuchar versiones completas, sin edición cómoda y sin filtros políticamente correctos.
El invitado de esta noche es Alan Mora, exintegrante de La Trakalosa de Monterrey, un cantante que durante años fue una de las voces visibles de la agrupación y que salió en medio de versiones, rumores y, sobre todo, un evidente distanciamiento con Edwin Luna, líder del grupo. Y créanme: la entrevista viene fuerte.
EL MINUTO QUE CAMBIÓ A ALAN MORA
Alan Mora no llega a victimizarse ni a inventar historias. Llega a contar su versión. Y eso, en estos tiempos donde todos hablan a medias, ya es ganancia. Durante seis años fue el segundo vocalista de una agrupación que logró posicionarse dentro del regional mexicano con enorme éxito comercial. Sin embargo, detrás del escenario —como suele ocurrir— no todo era música y aplausos. Las diferencias personales y profesionales terminaron por fracturar una relación laboral que parecía sólida. Se habló de celos, de egos, de decisiones empresariales y de dinámicas internas que pocas veces salen a la luz pública. Hoy, Alan decide hablar sin rodeos.
Y algo que me queda claro después de la charla es que muchas veces el público sólo ve el brillo del escenario, pero ignora las tensiones humanas que existen detrás de una banda exitosa. Porque el regional mexicano, aunque algunos no quieran aceptarlo, también es una industria feroz donde la lealtad dura lo que dura el éxito.
Esta noche conocerán detalles que nunca se habían contado. Y sí, habrá chisme —porque negar el interés del público sería hipócrita—, pero también habrá reflexión sobre cómo se construyen y se rompen las carreras dentro del espectáculo.
LA JUSTICIA TARDA… PERO LLEGA
Y hablando de verdades que tarde o temprano alcanzan a todos, ayer tuve una conversación con el abogado Gustavo Herrera, representante legal de Gabriel Soto, quien me confirmó algo que ya es definitivo: Laura Bozzo perdió todas las instancias legales, incluyendo el amparo y la revisión del amparo.
Traducido al español sencillo: ya no hay recurso posible.
Después de cinco años de litigio, la justicia determinó que la conductora nacida en Perú deberá pagar 2.5 millones de pesos a Gabriel Soto e Irina Baeva por daño moral. ¿La razón? Haber utilizado públicamente una palabra ofensiva —de ésas que empiezan con p y terminan en a— sin pruebas, sin sustento y sin responsabilidad.
Y aquí vale la pena detenernos.
Durante años se normalizó que en televisión cualquiera podía acusar, insultar o difamar bajo el argumento de la opinión. Pero una cosa es opinar y otra muy distinta es destruir reputaciones. La libertad de expresión jamás ha significado libertad para mentir.
Laura Bozzo construyó una carrera basada en el escándalo y la confrontación, pero esta vez el espectáculo terminó en tribunales. Y los tribunales, a diferencia del rating, sí exigen pruebas.
Cinco años después, la sentencia manda un mensaje claro: la palabra tiene consecuencias.
Muchos pensaban que el caso se diluiría con el tiempo. No fue así. La justicia fue lenta, sí, pero llegó. Y llega con una factura millonaria que demuestra que hablar frente a una cámara implica responsabilidad legal, no sólo popularidad.
CUANDO EL ABOGADO NO RESULTA ABOGADO
Y ya que hablamos de tribunales, déjenme contarles algo que, francamente, parece sacado de una comedia jurídica.
Estoy en condiciones de confirmar que Marco Chacón perdió la oportunidad de presentar pruebas dentro del juicio que inició en mi contra por supuesto daño moral. ¿La razón? Su representante legal no pudo acreditar ante el tribunal que era abogada ni demostrar estar inscrita oficialmente ante el Poder Judicial de la Ciudad de México.
Sí, leyó usted bien.
Un error que cualquier estudiante de primer semestre de Derecho sabe evitar terminó por afectar todo un proceso legal. Porque antes de hablar de argumentos, pruebas o acusaciones, lo primero que debe existir es la acreditación profesional básica.
Lo irónico del asunto es que el propio Marco Chacón ha sido presentado públicamente como “doctor en Derecho”. Y entonces uno no puede evitar preguntarse: ¿cómo alguien con semejante formación permitiría un error procesal tan elemental?
En los tribunales no gana quien grita más fuerte ni quien presume títulos; gana quien conoce el procedimiento.
Y cuando el procedimiento falla desde el inicio, el resultado suele ser inevitable.
EL ESPECTÁCULO Y LA REALIDAD
Lo que une estas tres historias —la entrevista con Alan Mora, el caso de Laura Bozzo y el episodio legal de Marco Chacón— es algo muy simple: la realidad siempre termina alcanzando al espectáculo.
En la música, las diferencias personales terminan saliendo a la luz.
En la televisión, las palabras tienen consecuencias legales.
Y en los juzgados, la improvisación se paga caro.
Vivimos en una época donde muchos creen que la fama sustituye la preparación y que la opinión sustituye la prueba. Pero la vida real no funciona como las redes sociales: ahí no basta con tener seguidores; hay que tener razón.
Por eso siempre digo que el tiempo es el mejor juez. Tarda, desespera, pero pone todo en su lugar.
UNA PREGUNTA PARA USTEDES
Y cierro con una pregunta directa para ustedes, queridos lectores de Excélsior:
Si estuvieran enfrentando un proceso legal serio… ¿contratarían a un abogado que ni siquiera puede cumplir con los requisitos básicos ante un tribunal?
Ahí se las dejo.
Nos vemos esta noche a las ocho en El minuto que cambió mi destino sin censura. Porque cuando las historias se cuentan completas —sin censura y sin maquillaje— el público siempre entiende quién dice la verdad… y quién sólo estaba actuando.
