Muy mala noticia que esta semana Moody’s le bajó la calificación a la deuda soberana de México de Baa2 con perspectiva negativa a Baa3 con perspectiva estable.
Para la calificadora ya estamos en la frontera de perder el grado de inversión. La acción de calificación de S&P fue una advertencia, la de Moody’s debe ser un llamado a la acción para defender el grado de inversión.
Las razones por las que Moody’s tomó la decisión son las siguientes: debilitamiento del balance fiscal, presión en el nivel de endeudamiento, mayor gasto en intereses, apoyos continuos a Pemex, crecimiento débil y baja inversión.
Un primer punto a resaltar es que los argumentos de las dos calificadoras son, en esencia, idénticos. Pueden tener ciertos matices, pero no de fondo.
Voy a comentar a detalle la historia detrás de las variables que señalan. Es evidente que tienen razón en sus señalamientos.
El gasto público ha aumentado mucho en los últimos años, sobre todo el gasto corriente afectando el de inversión.
Un ejemplo de mayor gasto corriente es el de los programas sociales. En 2025 ya casi llegan a 3 por ciento del PIB. El aumento debe ser alrededor de dos puntos del PIB en ocho años. Se explica tanto por el mayor número de beneficiarios como por el monto.
Otro ejemplo, es el monto de recursos que han destinado a Pemex como transferencias fiscales para mantener la operación de la empresa. El problema es que no mejoró su producción ni su eficiencia.
Además, varios de los principales proyectos de infraestructura de la administración anterior no tuvieron impacto en el crecimiento.
El resultado es una presión fiscal por el gasto adicional de dos a tres puntos del PIB que lleva a que hoy la economía de México tenga un déficit estructural que implica un mayor endeudamiento público.
Otro punto que comentan las calificadoras es el endeudamiento. El mayor nivel de apalancamiento se explica por los altos déficits.
Una manera sencilla de entender la trayectoria del endeudamiento público es con el nivel al cierre de las últimas tres administraciones. En 2012, el indicador se ubicaba por debajo de 40% del PIB. Para 2018, ya superaba 45% del PIB. En 2024 se ubicaba varios puntos por arriba de 50% del PIB y con una trayectoria para llegar a 60% en poco tiempo.
No está formalmente documentado, pero un nivel de 60% para países emergentes es una frontera que pone nerviosas a las calificadoras. Puede ser el punto de no retorno para perder el grado de inversión. Tres ejemplos son Brasil en 2015, Sudáfrica en 2020 y Colombia en 2021.
Lo tercero que comentan es el bajo crecimiento. Cuando crece la economía la base para calcular el coeficiente crece y les permite a los países tener un pequeño déficit manteniendo estable su apalancamiento.
Un crecimiento nulo o tan bajo, junto con un déficit más el costo real de la deuda te llevan a que inercialmente el indicador aumente. México se ubica hoy en este círculo vicioso. La razón del bajo crecimiento es la caída en la inversión pública y privada. Para promover mayor inversión se requieren de certidumbre y confianza.
El mensaje de las calificadoras es claro: recuperar el crecimiento y moderar el endeudamiento. El costo de no hacerlo será inestabilidad en las variables macro. Mucho está en juego.
