¿Se vale imponer la verdad?

¿Se justifica que Occidente se empeñe en llevar democracia y derechos humanos a los pueblos que no los garantizan?

Nací un 5 de febrero, por lo que mi abuela determinó que, además del nombre que mis padres hubieran pensado para mí, tenía que llevar el de Felipe. Mi abuela era la matriarca de la familia. Nadie se habría atrevido a desafiarla. Aunque sólo en documentos oficiales utilizo mi segundo nombre, hice mi primera comunión en la capilla anexa de San Felipe de Jesús, leí la biografía del primer mártir mexicano y llegué a aprender de memoria diversos pasajes de su vida.

Me horrorizó enterarme cómo los japoneses, en lugar de agradecer que un fraile mexicano hubiera viajado hasta su isla para llevar la palabra de Dios, acabaran crucificándolo en 1597. Al paso del tiempo, sin embargo, lo que de niño se me antojó heroísmo, me pareció una intromisión. “Imperialismo cultural”, según los sociólogos críticos de Frankfurt.

Para los japoneses era sagrada su religión. Fueron extremadamente corteses al advertir a los extranjeros que debían marcharse si no querían sufrir las consecuencias. Cuando, años después, leí Silencio (Edhasa, 1988), de Shusaku Endo, confirmé mi postura: nadie tiene derecho a imponer a otros sus valores, por más venerables que los considere.

En la novela de Endo, dos jesuitas portugueses deciden viajar a Japón para continuar la labor de evangelización que la Iglesia católica ha emprendido y que, en 1637, se ha dificultado. Las autoridades de las islas han recrudecido la persecución de quienes ponen en tela de juicio el budismo.

Sebastián Rodrigo y Francisco Garpe, convencidos de llevar la luz a quienes viven en la oscuridad, emprenden el viaje desde Macao y, de paso, deciden verificar si su antiguo maestro, el padre Cristóbal Ferreira, que llevaba más de 30 años en Japón, ha apostatado, como se rumorea. La llegada de los misioneros está plagada de obstáculos, lo mismo que su estancia.

Ocultos por los pocos católicos que sobreviven, siempre desplazándose subrepticiamente, siempre aterrados, descubren que lo único que han llevado a los aldeanos son problemas. Después de que tres de ellos son torturados por ocultarlos, ambos se separan para evangelizar desde diversas trincheras.

Tras una estéril lucha por llevar la palabra de Dios a un pueblo que posee arraigadas raíces religiosas, los dos son capturados: Garpe muere ahogado y Rodrigo —traicionado por un converso que resulta ser uno de los personajes mejor perfilados del libro— renuncia a su misión y a su fe.

Pero es su diálogo con el sereno Inoué, gobernador de Chikungo, y su desencuentro con el padre Ferreira —“Los japoneses son incapaces  de pensar en un dios independiente del hombre, no pueden concebir una existencia que trascienda lo humano”— lo que le lleva a claudicar.

Martín Scorsese dirigió una película basada en esta novela (2016). Formidable. Una de las mejores que ha hecho. Advertí detalles en los que no reparé al leer el libro. La ambientación, la fotografía de Rodrigo Prieto y las actuaciones de Andrew Garfield y de Liam Neeson son memorables.

Esta vez, sin embargo, me surgieron nuevas dudas. Así como parece abominable que unos misioneros vayan a enseñar a otros su religión, por más verdadera que la crean, ¿se justifica que Occidente se empeñe en llevar democracia y derechos humanos a los pueblos que no los garantizan? Soy defensor ferviente de una y de los otros —aclaro—, pero no pude evitar que, al terminar de ver esta película, rondaran algunas inquietudes por mi cabeza…

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