Libros que ya no leeré
A mis treinta y cinco, leí La cartuja de Parma. Me pareció, desangelada.
Para Sabino Bastidas
Cuando un despistado visita una biblioteca privada, suele preguntar a su dueño si ya leyó todos los libros que la integran. Hay que explicarle que, aun en tiempos de Google e internet, uno acumula libros por gusto. En el fondo, cree que podrá leerlos o releerlos a su antojo. Uno sabe, no obstante, que hay libros que nunca leerá…
En mi caso, y sólo hablando de aquellos que leo por placer, descubro que, conforme transcurren los años, voy perdiendo el gusto por ciertos temas y estilos. Fue Stendhal quien activó la alarma. Cuando leí Rojo y negro, a mis dieciocho, gocé cada renglón. Recuerdo con emoción a Madame Rênal y a Maltilde de la Mole. A estas alturas, todavía las echo de menos.
A mis treinta y cinco, leí La cartuja de Parma. Me pareció, desangelada. ¿Qué pasó? ¿La novela es inferior a Rojo y negro o yo había cambiado? Me inclino por la segunda hipótesis: timing. Algo similar me sucedió con Balzac, Dickens y Dostoyevski. Me regocijé con aquellas de sus novelas que leí en el momento apropiado, pero temo que no me involucraré con ninguna otra de ellas.
Por Esquilo, Eurípides, Sófocles, Aristófanes, Platón, Racine, Shakespeare y Molière, no parece transcurrir el tiempo. Siempre son actuales. Siempre dicen algo nuevo. Pero los lomos donde se lee Obras completas me arredran. Con lo que tengo que leer por delante, con los autores que aún no descubro, tengo razones para concluir en que ya no leeré las obras que no leí de estos autores.
De otros, siento que me bastó y sobró una probada. Leí, por mera disciplina, La montaña mágica, de Thomas Mann (no sé cómo la terminé), El señor presidente, de Asturias, y Los hombres que odiaban a las mujeres, de Stieg Larsson… No volvería a explorar otro trabajo de estos autores. Me gustó Por el camino de Swann, de Marcel Proust, pero hasta ahí llegué En busca del tiempo perdido.
En cuanto a los filósofos, en los estantes de mi biblioteca aguardan ediciones de San Agustín, Santo Tomás, Hegel, Schopenhauer... Dado que conozco sus tesis y he leído algunos pasajes, presiento que seguirán esperando. Lo mismo ocurrirá con Kant, a excepción de La paz perpetua. De Heidegger no tengo un solo libro, pues me he desecho de todos, casi el mismo día que me los regalaron.
También limitaré mi lectura de poesía traducida, en beneficio de la que se escribió en español, inglés y francés, lenguas en que me siento más o menos cómodo. Prefiero a Octavio Paz, T.S. Eliot y Saint John Perse en su lengua original, que las traducciones del polaco o del turco de Zbigniew Herbert o de Nazim Hikmet. “Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza”, alertó Cernuda. A mí, me alcanzó.
Otro tema es la relectura. A cierta edad, reencontrar a los amigos de la juventud se vuelve imperativo. Pero, de nuevo, esto exige elecciones. Prefiero regresar a la Odisea o al Ramayana, que leer la Ilíada o el Mahabarata, que nunca leí. Volver a Nietzsche y Goethe antes que emprenderla con el Ulises, de Joyce, del que no logré pasar de la página 10. Cualquier libro de García Márquez, por cuarta ocasión, antes que uno de Carpentier, a quien jamás conseguí hincar el diente.
Voltaire, Ibsen, Shaw, Orwell, Zweig, Camus, Mailer, Roth o Coetzee me resultan inagotables —asunto de afinidad— y los seguiré leyendo con la misma fruición que leo a muchos de los nuevos. Sobre éstos, sin embargo, advierto que he llegado a la edad en que si no me estimulan las primeras páginas, cierro los libros sin consideración. Desde luego, mientras no me deshaga de éstos, puedo cambiar de parecer: conservar la ilusión de que algún día los leeré…
