El mejor manual de seducción

“¿Cuánto te habría faltado, después de los besos, para colmar tus deseos?”

Ars Amatoria fue escrito hace unos dos mil años. Su autor, Ovidio, utilizó dísticos elegíacos (estrofas en latín con un hexámetro y un pentámetro) y acabó desterrado por el puritano Augusto, que se escandalizó por sus “inmoralidades” y su afán de “promover el adulterio”.

Lo leí a mis 18 años, en una rústica traducción al español. Pese a la distancia que me separa del libro, no podría exagerar la influencia que éste tuvo en mí. Se trata, en pocas palabras, de un manual para seducir mujeres. Es un manual lúdico, festivo, donde el ejercicio deben gozarlo tanto ellos como ellas: “El amor furtivo es tan agradable para una mujer como para un varón”, sostiene Ovidio; “el varón no sabe disimularlo; pero ella lo desea más escondidamente”.

Debo al texto, en primer lugar, una inyección de confianza en mí mismo: “Antes que nada, penetre en tu mente la certeza de que a todas se les puede conquistar. Tú sólo tienes que tender las redes. Antes se callarán los pájaros en primavera; antes las cigarras en verano, antes dará su espalda a la liebre el perro de Ménalo, que una mujer rechace al hombre que la pretende lisonjeramente. Accederá, incluso, aquella de la que podría pensarse que no accedería”.

El arte de amar me aclaró, en segundo lugar, que era yo quien debía iniciar la faena: “Es evidente que, del mismo modo que a la mujer le da vergüenza tomar la iniciativa, así, cuando es el hombre el que empieza, consciente de ello gustosamente. Demasiada confianza tiene en su propia belleza el hombre, que aguarda a que ella lo solicite en primer lugar... Júpiter mismo se acercaba en tono suplicante a las antiguas heroínas”.

El libro, por supuesto, no contempla la emancipación de la mujer, los embates feministas o los posicionamientos de la comunidad LGTB... Más aún: Incurre en admoniciones que hoy serían políticamente incorrectas. Pero estamos hablando de un libro que marcó mi vida. No de la escena social del siglo XXI ni de la corrección política. Cuando terminé de leerlo, no tenía en mente sino salir a disfrutar la vida con intensidad.

“¿Tendrá razón Ovidio?”, me pregunté en algún momento de la lectura: “Si intento conquistar a B ¿accederá?”. Como si él hubiera estado pendiente de mis dudas, respondió: “Quizás, en un principio, te llegue una carta desabrida, en la que te pida que dejes de acosarla. Pero lo que ella te pida, teme que lo hagas y desea lo que no te pide: que insistas en ello; persiste y verás en breve cumplidos tus deseos”. La perseverancia, que hoy me parece tan obvia, constituyó una tercera revelación.

Tan es así, subraya el autor, que “el que ha conseguido besos y no ha conseguido lo demás, será digno de perder, incluso, lo que se le dio. ¿Cuánto te habría faltado, después de los besos, para colmar tus deseos?”. Esta pregunta me atormentó durante mi paso por la universidad, cuando no concluí lo que había comenzado…

Las ocasiones en que llegué a fracasar, no me di por vencido. Cuando abandoné, lo hice porque calculé que mi conquista podría resultar costosa en tiempo y dinero. Pero mi maestro fue un constante punto de referencia.

Siempre que cortejé a una mujer  tuve en mente sus consejos. Hoy día, estos deben aplicarse con respeto, cortesía y la prudencia necesaria para saber cuándo no significa no. Pese a estas admoniciones —y aunque me sonroje admitirlo—, debo reconocer que este libro influyó más en mí que La divina comedia, Don Quijote o Fausto

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