No habrá más
De entre Miguel Ángel Osorio Chong,
José Narro, José Antonio Meade, Margarita Zavala, Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador saldrá el próximo Presidente.
Dentro de año y medio, el primer domingo de julio de 2018, los ciudadanos mexicanos inscritos en el padrón electoral y con credencial de elector vigente deberán votar por un candidato a la Presidencia de la República.
Parece mucho tiempo, pero no lo es. Los políticos y sus partidos, también los que se dicen candidatos independientes, están ya en plenas campañas electorales rumbo a la Presidencia de la República. Muchos ciudadanos también hacen ya cuentas para el inicio del sexenio 2018-2024, aunque falten dos largos años para su inicio.
En los tiempos del monopolio del PRI y del Presidente de la República todopoderoso, los sexenios duraban cuando menos cinco años: desde el momento en que el candidato tomaba posesión de la Presidencia hasta que en pleno uso de sus facultades metaconstitucionales designaba a su sucesor, aunque a veces la regla fallaba y ocurría que el Presidente saliente tomaba decisiones contrarias a lo que deseaba el Presidente entrante: la estatización de la banca por José López Portillo es el ejemplo más emblemático.
Hoy las formas —quizá también el fondo, pero éste es parte de otro análisis— han cambiado y el actual sexenio prácticamente ha terminado: para los políticos, incluidos los priistas, porque ya no profesan la creencia en un Presidente todopoderoso, y para los ciudadanos, porque tampoco creen ya en una solución mágica y unipersonal de los problemas nacionales y de los propios.
Enrique Peña Nieto inició su sexenio con altas expectativas populares, por lo menos de quienes votaron por él. Se presentó y lo presentaron como un Presidente que vendría a resolver los problemas del país, porque —se dijo entonces— los priistas sí saben cómo hacerlo, a diferencia de los panistas, quienes habían gobernado dos sexenios seguidos.
Apoyado por la oposición, el presidente Peña Nieto consiguió que se aprobaran las llamadas reformas estructurales (la educativa, de telecomunicaciones, energética, financiera y fiscal, laboral y de justicia) que los gobiernos panistas no habían conseguido por la oposición del PRI, el partido del nuevo Presidente. Pero esas necesarias reformas han sido su tumba política y, es probable, que sean nuevamente las del otrora llamado Partido de la Revolución Mexicana.
Las expectativas creadas por esas reformas, y esencialmente por su utilización mediática, se revirtieron y se convirtieron en un pasivo, por no decir un fracaso. Un ejemplo es la Reforma Energética, que probablemente debe dar buenos frutos en el futuro, pero que hoy por hoy —contrario a lo que se prometió— no bajó los precios de los combustibles ni de la energía eléctrica, sino al contrario. Y ¿cómo explicárselos a los ciudadanos, quienes nuevamente confiaron en las promesas gubernamentales?
Uno de los mayores cuestionamientos al gobernante anterior fue su guerra contra el crimen organizado. Y cuatro años después nada cambió. Bueno, quizá sí: hoy no hay una fotografía del presidente Peña Nieto con un uniforme militar de talla incorrecta. Nada más.
Por ello, esencialmente, la caída en la popularidad del Presidente de la República, que sin duda tendrá repercusiones en la elección de julio de 2018, que ya está aquí.
Y sí, no hay ni habrá más. El PRI tendrá que optar entre Miguel Ángel Osorio Chong y, sorprendentemente, José Narro Robles o José Antonio Meade (quien dice no militar en ningún partido); el PAN, entre Margarita Zavala o Ricardo Anaya y pare usted de contar. Morena tendrá como candidato a Andrés Manuel López Obrador. De entre ellos (salvo grandísima e inimaginable sorpresa) saldrá el nuevo Presidente de México, a menos que queramos hacernos tontos.
Entonces, los electores mexicanos debemos, a la de ya, pensar por quién vamos a votar el primer domingo de julio de 2018. El escribidor quisiera decirles que hay otras opciones, pero ¿usted las ve? Hoy, a año y medio, no hay más y, al parecer, no habrá más.
Las ilusiones salen sobrando. Así que vayamos pensándole qué será del país en los próximos años: será nuestro país, el de nuestros hijos y el de nuestros nietos. Así que calcúlele. Sepa que la decisión estará en sus manos, con ella cruzarán el logotipo de un partido con el nombre de un candidato. Pero, ¡piénsele desde ya!, antes de que el INE se lo autorice.
