Y si rinden cuentas...

Nadie duda del desprestigio social que pesa sobre los políticos y sus partidos. Y ése es un grave problema social. Más de las sociedades que se dicen democráticas o que dicen querer ser democráticas. ¿Por quién votar, a quién apoyar, a quién creer si los políticos ...

Nadie duda del desprestigio social que pesa sobre los políticos y sus partidos. Y ése es un grave problema social. Más de las sociedades que se dicen democráticas o que dicen querer ser democráticas. ¿Por quién votar, a quién apoyar, a quién creer si los políticos y sus partidos no merecen confianza alguna?

Los mexicanos viven ese problema desde hace muchos años. Este 2016 los ciudadanos de 12 estados del país deberán votar por los candidatos a gobernadores que postularán los diversos partidos y, tal vez, por alguno que otro “independiente” (generalmente tránsfugas de alguno de esos mismos partidos, salvo notabilísimas excepciones si es que las hubiera). Y lo mismo ocurrirá en el 2018 cuando haya elecciones para Presidente de la República y para renovar las cámaras del Congreso de la Unión.

El panorama futuro no parece muy halagüeño. Los ganadores serán aquellos que el llamado “voto duro” de los partidos más la suma de los sufragios de ciudadanos no militantes decidan. Éste es un avance, sin duda. Antes, sólo había un “voto duro” ganador, el del PRI. Pero es seguro que ni este año ni el 2018 ningún candidato obtendrá en su favor la mitad de los votos emitidos. Si alguno logró superar 40% de la votación, deberá festejarlo con bombos y platillos. Por supuesto que esto genera problemas de gobernabilidad. En México se ha vivido y se está viviendo.

¿Qué hacer? Parece que nada. Los políticos mexicanos y sus partidos han cavado sus propias tumbas y todo indica que están dispuestos a usar las palas para cubrir totalmente sus ataúdes.

Nunca ha sido fácil recuperar la confianza perdida. Ni siquiera cuando se pide perdón, como ha propuesto Margarita Zavala a su partido, el PAN. Sin embargo, algo podrían hacer a esos políticos y sus partidos: rendir cuentas a los ciudadanos, a los que votaron por ellos y también a los que no votaron, de su actuación en cuando menos la administración pública. Pero, en serio.

Veamos casos concretos de los tiempos recientes (ir más atrás requiere de una enciclopedia):

El PAN vive el grave desprestigio causado por una de sus diputadas locales en Sinaloa (que no es panista, dicen, pero que fue postulada por una alianza que incluyó al PAN y fue parte de la fracción parlamentaria del partido en el Congreso de ese estado), a la que se liga política y sentimentalmente con Joaquín Guzmán Loera. Pero también por la probable corrupción del anterior gobierno de Sonora, encabezado por Guillermo Padrés. ¿La Comisión Anticorrupción del PAN sólo fue un anuncio mediático?

El PRD está en similar situación por los conflictos de sus gobiernos municipales con el gobierno estatal en Morelos: acusaciones de un lado a otro, asesinatos, incluyendo el de una alcaldesa que recién había tomado posesión; acusaciones públicas, pero sólo en los medios de información, de involucramiento de algún grupo perredista en ese crimen, incluyendo a un senador; señalamientos de unos y otros bandos de ligas y protección a grupos del crimen organizado.

El PRI mantiene, sufre —en este momento porque su historia está llena de casos similares— por el escándalo de la públicamente denunciada corrupción y de presuntas ligas con grupos del crimen organizado de su exlíder nacional y exgobernador de Coahuila, Humberto Moreira, quien ha librado judicialmente esas acusaciones, pero no la percepción popular de probables fechorías.

¿Qué han hecho el PAN, el PRD y el PRI en estos casos? Sencillo: deslindarse de los hechos. Lo único que falta es que sus dirigentes nacionales digan: “Pos, ya ni modo, ya qué”, apostando por el cinismo nacional, que encabezan los políticos y sus partidos, los de ellos.

Pero ¿qué pasaría si, por ejemplo, Ricardo Anaya, presidente nacional del PAN, informara públicamente cómo fue y quiénes apoyaron la candidatura a diputada de Lucero Sánchez o que estableciera que el gobernador Padrés y sus colaboradores cometieron tales o cuales actos de corrupción y fuese su partido el que los denunciara con pruebas a las autoridades correspondientes? ¿O que el dirigente nacional del PRD, Agustín Basave, informara y denunciara ante las autoridades competentes de las presuntas y probables ligas con el crimen organizado de militantes de su partido que ocupan alcaldías, senadurías o gubernaturas, principalmente, en los estados de Guerrero y Morelos? ¿O que Manlio Fabio Beltrones, líder nacional del PRI, informara a los ciudadanos de la real actuación del exgobernador de Coahuila, gobernado ahora por el hermano del acusado, más allá de establecer que una es la institución y otras las personas, como si la institución actuara por sí sola?

En otras palabras: que rindieran cuentas a los ciudadanos tal como solicitaron sus votos, incluso, si las pruebas (reales, creíbles y confiables) señalasen que sus militantes son inocentes.

¿Lo imagina usted? No… el escribidor tampoco, pero cree que sería un buen inicio para recobrar la confianza perdida. Quizás, sólo quizás, entonces podría pedirse perdón. Sí, es soñar y al parecer habrá y será necesario sentarse a esperar.

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