Bullying judicial

A la ministra Batres nadie le enmienda la plana, aunque pase por encima del texto constitucional.

Gabriel Reyes Orona

Gabriel Reyes Orona

México sin maquillaje

Dime de qué soberanía presumes y te diré que a toda piñata le llega su posadita, sí, cuando empiezan a aterrizar los aviones y los drones. La verdad es que lo único que sobra es saliva. Los mal denominados programas sociales comienzan a hacer agua, y ya no se ve cómo sigan llegando a las manos de quienes vendieron su voto. La 4T se cimbra y cruje. Los morenistas lo saben, y apuran el llenado de alforjas. Masivamente han comenzado a salirse del huacal. Siguen el ejemplo de Osorio y Mancera, quienes pusieron de moda eso de que la distancia es el olvido. Todos se mandan solos, y poco les importa quedar bien con los desgastados y rebasados liderazgos del partido oficial.

Andan del tingo al tango, luciendo los lujos que jamás pudieron disfrutar con cargo a un trabajo honorable. Hoy, les sobra, el dinero sucio es tan poderoso caballero, como aquel que se gana sudando la frente. Sí, soy machuchón de closet y qué, dicen al ser señalados. Lucen bufonescos en clase premier y tiendas de marca. Hacen, con grotesco desparpajo, lo que antes criticaban a esos que llamaban fifís. Resulta que no eran principios lo que les inspiraba el rasgado de vestiduras y el dar de gritos en las plazas públicas, era pura y simple envidia. El cobre, y no el guinda, debe ser el color que les identifica.

En las recientes sesiones del Pleno de la Suprema y Tremenda Corte ha quedado claro que no todos son iguales, unos se comportan como verdaderos perdonavidas del resto de los togados. A la ministra Batres nadie le enmienda la plana, aunque pase por encima del texto constitucional; atropelle la lógica jurídica y baile tapatío sobre las reglas de operación de un órgano jurisdiccional. Los mira con desprecio, les habla con soberbia superioridad y les reta cada que tiene oportunidad. Ante eso, los ministros recuerdan aquella escena entre cubetas en las que cerca estuvo de liarse a golpes con una vecina. Callan y bajan la mirada.

Ni Tres Patines hizo reír tanto a la comunidad jurídica. Mientras tanto, vemos cómo se derrumba la seguridad jurídica. Los justiciables saben que en las dictaduras el que gobierna hace de la justicia lo que le acomoda. Los funcionarios ganan, a la mala, lo que no supieron defender en condiciones de igualdad. Se dictan sentencias que, poco a poco, hacen trizas la certidumbre jurídica. Las dependencias acuden al ministro de su preferencia para que les regrese lo que alguna sentencia les hizo restituir, y que, siguiendo órdenes, ya se habían embolsado pasando por encima de la Carta Fundamental. Las abusivas reformas que impulsara el cacique macuspano se han convertido en las tablas de la ley, y aun reprobadas en otros tiempos, hoy se observan como si estuvieran vigentes. En México no hay más cosa juzgada que lo que le plazca a la ministra que vino a enseñar a sus supuestos pares cómo se defiende la transformación.

Aquí no están sentados en el banquillo los que nos han robado la tranquilidad y se han apoderado a balazos del territorio nacional, esos, a los que sólo se les juzga en las cortes del vecino del norte, por eso, García Harfuch inventó el destierro preventivo. Nadie le ha dicho que ese proceder fue el que motivó en el siglo XIX el surgimiento del amparo. Hoy, se dice en voz baja, carecemos de un efectivo y eficaz Poder Judicial, como hasta hace pocos años se decía, con recato, que el crimen organizado se había adueñado de los procesos electorales.

Si ante la vista de todos, ocho ministros son maltratados y sobajados de esa manera, qué pueden esperar los justiciables ante los abusos de la burocracia.