El auditor que ve, oye y calla
Se pliega y amolda a lo que se le pide.

Gabriel Reyes Orona
México sin maquillaje
En su ilimitada, pero infundada arrogancia, José Antonio Meade negocio con múltiples partidos, a cambio de ignotas prebendas y privilegios, que se nombrara a un incondicional suyo como auditor superior de la Federación, nombramiento que, por cierto, pasó de noche dado que se trataba de un personaje que no había brillado en puesto alguno antes de llegar a encabezar la constitucional instancia.
Es claro que el ungido se ha plegado a cuanto capricho ha tenido la 4T, ya que, después del sainete de lo que costó y no costó el cancelar el nuevo aeropuerto internacional de México, proceso en el que vimos cómo los fiscalizadores temblorosos cambiaban, una y otra vez, cifras, versiones y variables, hoy resulta claro que el órgano fiscalizador fue anulado, como el resto de las instituciones republicanas que tanto trabajo costó construir. Hoy dice lo que le dicen debe decir.
No hay que hacer grandes exploraciones, todos vimos cómo se anularon los principios básicos de la fiscalización. Las partidas y subpartidas del presupuesto federal se cambiaron, alteraron y vulneraron para satisfacer los caprichos y locuras del macuspano, atropellando, constantemente, lo aprobado por la instancia parlamentaria. La verificación origen-destino quedó en la historia, y el presupuesto federal dejó de ser un instrumento normativo de disciplina, control y efectiva austeridad para ser ahora una grotesca llamada a misa que ninguna autoridad respeta.
La fiscalización ha sido suprimida los últimos siete años, y por eso se inventan planes y programas sobre la marcha, que se pagan con cargo a partidas destinadas a otro propósito, sin que el auditor cumpla con el mandato que la Carta Fundamental le confiere. El gasto se decide sobre las rodillas y al ritmo de las exigencias de Palacio. El desorden de uso y ejercicio de recursos públicos es monumental, no existe concordancia con lo aprobado en la Cámara ni con la ley de la materia. Los reportes de rendición de cuentas son cantaletas ideológicas que narran todo, menos que se embolsaron el dinero recaudado.
Con parientes, amigos y, sobre todo, con el equipo de Meade, su mentor, se arreglan entuertos a domicilio y se le echa tierrita a todos los desvíos, atracos y dispendios. Se pliega y amolda a lo que se le pide, ya que el impresentable titular de la ASF sabe que llegó como consecuencia de oscuras componendas. Ellas lo obligaron a pagar favores en perjuicio del interés nacional. Pero, pagó tan bien, que ahora se siente con el derecho de aspirar a quedarse, ofreciendo el cómplice silencio; la connivencia y la condición de ser perpetua tapadera a todo aquel que le ofrece apoyo para quedarse donde está, cobrando por hacer todo, menos lo que debe.
Ricardo Monreal, a quien no se le borra la sonrisa al saberse completamente impune y capaz de seguir haciendo de las suyas, ya compró al personaje; pretende volverse el lavador de culpas y responsabilidades, chamba, por cierto, muy lucrativa, sustituyendo, sí, al vasto equipo que armara el defenestrado candidato de Peña Nieto. Cómo no va a reírse al cansancio, si se burla de todo y de todos, empezando por los que creen que dirigen el partido oficial.
Ha planeado enfriar su participación en labores oficiales, a ver si de él se olvidan las autoridades estadunidenses. Ha decidido a hacerse color de hormiga, esperando que los objetivos de mayor valor para Washington le brinden cobijo, en el que construya una ruta de escape, pero ello, no sin dejar amarres, palancas y agarraderas que le mantengan vigente en la operación política. Si ya se perdieron los poderes constitucionales y órganos autónomos, qué tan grave, piensa él, será que le obsequien la fiscalización superior.