Las nubes que se nos fueron
Hoy me descubrí, en estos tiempos de encierro y de reflexión, haciendo algo que quizá no hacía desde hace 20 o 30 años. Me tomé el tiempo de no hacer absolutamente nada y de mirar al cielo, descubrirlo limpio, obra quizá del descanso que el freno de nuestra ...
Hoy me descubrí, en estos tiempos de encierro y de reflexión, haciendo algo que quizá no hacía desde hace 20 o 30 años. Me tomé el tiempo de no hacer absolutamente nada y de mirar al cielo, descubrirlo limpio, obra quizá del descanso que el freno de nuestra frenética actividad le ha regalado a la Tierra, pero de un azul hermoso, con nubes dispersas, y precisamente ahí mi desestimada actividad, encontrarle forma a cada “hidrometeoro, con una masa visible de cristales de hielo y gotas de agua". Tengo que admitir que estoy un poco fuera de forma, dirían los futbolistas, “desencanchado". Me dio vergüenza, pena de mí mismo, porque si algo nos ha enseñado este confinamiento es que ya no hay glamour, presunción ni moda que valga, hoy somos por lo que traemos adentro, por nuestro intelecto, por nuestra gracia, por nuestra simpatía, que no tiene que ser aceptada por nadie, más que por nuestro más duro juez: nosotros mismos. Pero sí, me costó mucho trabajo reencontrarme con las formas, poco a poco y no sin esfuerzo fui descubriendo una especie de caballo, que podía ser un dragón con el paso del viento, vi la cara de un hombre con barba, vi un perro desesperado persiguiendo a un pájaro y, al final de cuentas, tuve que aceptar que las construcciones de mi imaginación se dieron, más que con magia, con ganas. Efecto de la edad, supongo, de la maldita realidad y la rutina que nos atropella a diario.
En este espacio, que me siento privilegiado de tener, siempre pienso en escribir cosas juiciosas. Que levanten la ceja del lector, que incomoden a la clase política. He leído en este tiempo de crisis cualquier cantidad de columnas, miles de caracteres, algunos con una auténtica motivación, con ánimo de denunciar algo que no está bien, carencias del sector salud. Otras columnas con claras motivaciones políticas gubernamentales y no gubernamentales. Todos los lectores están esperando, crispados por el ocio y por las evidentes consecuencias desastrosas de esta pandemia en todos los sentidos, que se descuartice a López Obrador, que se le miente la madre a López-Gatell, a quien nomás no se le aplana la pinche curva. Poca propuesta, poca solidaridad, pero un ánimo de linchamiento importante y encendido.
Estos momentos que estamos viviendo de tremenda crisis han tenido un efecto casi balsámico, recordarnos que, si no podemos vivir con nosotros mismos, somos incapaces de vivir en pareja, en familia, en sociedad, en país. Sin duda, podemos ocultarlo detrás de la vorágine diaria, en donde el dinero, el trabajo, nuestras redes sociales y muchas cosas más nos ayudan como un auténtico “Tafil” a olvidar lo miserable de una existencia, en donde nos esforzamos en ser aceptados por el de enfrente, aunque nos odiemos a nosotros mismos profundamente.
Por ser políticamente correctos, muchos se consideran de los pobres, de los jodidos, que tienen que salir y exponerse porque viven al día y entonces desde su encierro glamuroso, en donde no saben qué hacer, pasando desde los cursos de arte online, hasta las meditaciones con cualquier imbécil que, por módica suma, les va a curar el espíritu, mismo que, dicho sea de paso, está más famélico que un niño biafrano, deciden ser empáticos con esos que tienen que vender tortas de tamal o vender tonterías, pero que, a su vez, los desacreditan como ignorantes que exponen su vida por esa estúpida costumbre que es comer. ¡Pinche gente jodida, cuándo entenderá que eso de comer los puede matar igualito a no comer, por qué no le miden, que se quede en la “digna medianía” de tener mucha y poca hambre y no nos arriesguen, carajo! No me excluyo de esta hipocresía, que quede claro, no puedo dejar de reconocer que mi medio encierro es de privilegio y que, me parece, debería hacer más para coadyuvar a aquellos que de ésta terminarán aún más jodidos.
Hoy, en esta columna, no quiero informar, no quiero opinar, no quiero juzgar, aunque sé bien que lo hago implícitamente, sólo quiero preguntarle: ¿Y cuando esto termine y regresemos a la nueva normalidad, de quién será la culpa de sus males? De López Obrador y Dos Bocas. De Nahle y su tremenda incongruencia. De García Luna y Calderón por socios del narco. de Peña por pendejo y corrupto. De Meade por no ganar. De Fernández Noroña por atrabancado. De Delgado por cambiante. De Monreal por comparsa. De Bartlett y su hijito León, orgullo de su nepotismo. O quizá de nosotros porque tuvimos más de dos meses para darnos cuenta de que perdimos la ilusión, la imaginación, la resiliencia y los cataplines para aceptar y seguir. Son preguntas de coronavirus.
