Adiós Zyanya

Tengo que confesar que hoy no escribiré de las campañas a la Presidencia, creo que los punteros están extraviados de los asuntos verdaderamente importantes para nosotros los ciudadanos. Hoy escribo como papá de dos hijas de 19 y 21 años. Leí con impotencia y lágrimas ...

Tengo que confesar que hoy no escribiré de las campañas a la Presidencia, creo que los punteros están extraviados de los asuntos verdaderamente importantes para nosotros los ciudadanos. Hoy escribo como papá de dos hijas de 19 y 21 años. Leí con impotencia y lágrimas en los ojos la carta de Zyanya Figueroa Becerril a sus papás, en la cual explica los motivos para quitarse la vida. Una carta en la que de forma dramática dice que no ha sido buena hija, buena hermana, buena amiga. Pero, sobre todo, expone el miedo que le produce estar cerca de los pacientes y fallar en el contacto con ellos.

Paradójicamente, estoy enfrascado en una feroz lectura que me constriñe el corazón, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. En donde el autor cuenta la historia de su padre, un médico que en los tiempos tempranos de su práctica, cuenta una muerte debido a su falta de pericia con las manos y decide que lo suyo no es estar con los pacientes, sino la academia. Es la historia de su propia vida, de un luchador de los derechos humanos colombiano asesinado por su activismo y que refleja los tiempos violentos latinoamericanos que sólo se han trasladado de coordenadas, tristemente a estas desde donde escribo.

Según lo que se ha revelado del caso, el motivo que le llevó a colgarse y cortarse las venas podría ser el acoso laboral. Ella deja en claro, en su carta póstuma, el terror que siente de enfrentarse a sus pacientes. En la realidad, al día de hoy no hay nada claro ni acoso laboral ni otro motivo. Lo triste y que nos refleja como sociedad, es cómo podemos dejar tan sola a una joven de 26 años, precisamente, en la era de la comunicación digital.

No me queda duda, sin conocer su entorno familiar de que sus padres están viviendo un infierno, derivado de no darse cuenta del sufrimiento y evidente depresión de su hija.

A este punto, muchas reflexiones. Dicen que el suicidio es un acto de cobardía. Respetuosamente, creo que se necesita una dosis muy importante de cataplines para jalar un gatillo, cortarse las venas o colgarse. Yo no tengo esas agallas. ¿Usted sí querido lector? Lejos de conjeturas religiosas, creo que matarse, en sus cinco sentidos requiere de muchos huevos y una desesperanza muy importante.

Hacer responsable al suicida de su destino, enojarse con su poca capacidad de manejra sus sentimientos y frustraciones, me parece injusto y simple. Nos falta entender que en cada vida apagada, por propia mano o en manos de otra persona, todos como sociedad somos responsables.

En la época de las benditas redes sociales en donde todos somos felices por decreto, en las que todos tenemos vidas de ensueño, en donde la expresión más compartida en la historia de la humanidad es: “Jajaja”, denotando tanta alegría, una familia y un grupo de amigos, una sociedad es incapaz de entender que alguien no quiere seguir viviendo.

Un suicidio, según los expertos, es el resultado de una depresión que tiene síntomas inequívocos. Culpar a la familia, a sus padres sería mezquino. Me culpo a mí y a usted, que hemos estado cerca de estos casos y nuestra respuesta es voltear hacia otro lado.

Como padre de dos adolescentes quiero decirles con el corazón en la mano que cuando leí la carta sentí pánico y profunda tristeza. Un desconcierto importante y un vacío en el alma. ¿Cuántas vidas exitosas que se agotan de esa forma podrían cambiar la historia de este país tan atribulado?

Por si fuera poco, tuve el honor de ser invitado a la boda de Ren, la hija de mi querido Pablo Carrillo. Lejos de la fiesta, la música, el baile y la cena, los ojos de Pablo denotaban un doble sentimiento, pues su hija convertida en mujer y fundadora de una familia, así como su bebé, se iba irremediablemente a cumplir con su destino. Me puse en sus zapatos y me apretaron, difícil, pero un paso lógico, ley de vida. A Pablo, a Ren, a su mamá, a su esposo, paciencia y amor a todos para lograr que el amor triunfe por muchos años en tiempos en que lo tenemos tan devaluado.

Así las cosas querido lector, hoy me permito tocarle un poco el corazón, sin hablar de la pinche política de segunda de este país en donde se enfrentan tres patéticos zombis que ven la realidad, si es que la ven, desde una óptica enferma de poder, enferma de ganar sin entender que este pueblo está lastimado, está enfrentado.

No necesitamos afrentas sino coincidencias. Como papá se los pido, paren ya, puede ser muy tarde y le pueden dar a todo en la madre. Responsabilidad señores, altura de miras y liderazgo. La política ratonera no es para un país tan grande como éste.

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