Es la tecnología, estúpido

Me reprocho, puntualmente, contar como provinciano emocionado las experiencias en otros países. De verdad estoy convencido de que el potencial de nuestro México es inconmensurable. Pero resultan apabullantes las experiencias que se han cocinado en menos de 100 años en ...

Me reprocho, puntualmente, contar como provinciano emocionado las experiencias en otros países. De verdad estoy convencido de que el potencial de nuestro México es inconmensurable. Pero resultan apabullantes las experiencias que se han cocinado en menos de 100 años en otros lugares haciendo las apuestas correctas. De entrada, dirían los clásicos: “Es la tecnología, estúpido”.

Cuando aquí seguimos discutiendo sobre un recurso natural que está de salida, que es una muestra de un pasado abusivo en contra de la naturaleza, en otros lugares apuestan por espejos que miden los signos vitales, automóviles eléctricos y autónomos, lentes de contacto que navegan en internet y celulares de tres dimensiones.

En nuestro país celebramos el hallazgo de un nuevo yacimiento, finito como todos, en otros países hay plantas para fabricar microchips en las que invierten miles de millones de dólares y que hacen que sus empresas sean una economía a nivel mundial. Corea del Sur es un país sorprendente, Samsung, su empresa emblema, es aún más electrizante. Empezando como una empresa de comercialización de pescado seco en 1938, con una inversión original de 20 euros, hoy es el 17% del PIB de Corea del Sur, vale más de 130 mil millones de dólares y como marca es la sexta a nivel global.

Tengo muy fresco en la mente a mi papá diciéndome, cuando platicábamos de manufactura y tecnología, lo “fregones” que eran los “japonecitos”. En cuestión de 20 años los “coreanitos” desaparecieron lo fregón de los japoneses y marcas tan emblemáticas como Sony, en México prácticamente no existen ante la calidad y la tecnología de empresas como Samsung. La apuesta fue sencilla. Calidad y avance tecnológico. Cuando en un momento determinado la marca no estaba cumpliendo con las expectativas, su presidente reunió a todos los empleados en un patio de la empresa y frente a ellos, con máquinas, hicieron pedazos los aparatos fábricados por ellos y con mala calidad, les dijo que su trabajo no servía para nada, que era basura y en eso habían convertido lo que con su trabajo habían hecho. Cuentan las crónicas que hubo lágrimas y mucha frustración, pero surgió el orgullo, el amor propio que ha convertido a la empresa en un gigante en el desarrollo de productos tan distintos como medicinas biológicas y hasta microprocesadores.

Me llamó mucho la atención que el diferendo con el loquito de Kim Jong-un le preocupa mucho más a la comunidad internacional que a los sudcoreanos. La famosa zona desmilitarizada, esa franja de 4km entre las dos Coreas y de 238 kms de largo, es hoy en día más un Disneylandia del odio y la locura que un área de real preocupación. Trenecito incluido, lugares como el túnel 3, descubierto en 1978 y construido con el fin de invadir a Corea del Sur por parte de los vecinos del norte no son más peligrosos que cualquier esquina de Tepito, hay tiendas, souvenirs como un pedazo certificado de alambre de púas de la frontera ignominiosa, licor fabricado en el vecino del norte y camisetas y gorras. El peligro es un mero divertimento, aunque el dolor que alberga se engendró en casi cuatro millones de muertos.

En fin, creo en la inspiración de una empresa puede contagiar a un país. Estoy convencido de que Samsung, más allá de ser una fábrica de ideas, tecnología y celulares, es una forma de vivir. De las más humanas de la historia de los negocios. En donde se empezó vendiendo pescado, se mutó a las lavadoras y se acepta que se puede fallar. Pero en esa aceptación de las fallas está el tremendo crecimiento de una marca y de un país. Se reconocen humanos y desarrollan tecnología para hombres y mujeres, se saben falibles y lo reconocen, lo que los hace fortísimos.

Estoy convencido de que en México tenemos ese ADN de ganadores, de luchadores incansables, de sobreponernos a todo, pero apostamos a lo equivocado. No podemos seguir en la administración de un patrimonio petrolero que es como la fortuna de la tía Ernestina, heredada y con fecha de caducidad. “Es la tecnología, estúpido”. Pero también es el honor y el orgullo. Somos, lo tenemos y el amor propio debe de arrastrarnos al desarrollo.

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