Orgullo por mi gente

Cuando empecé a escribir esta Línea estratégica, nunca fue mi pretensión ir más allá de dar una opinión sincera y real de lo que pasaba en mi entorno y en el país en general. Jamás imaginé que me atropellaría el centenario del periódico más importante del ...

Cuando empecé a escribir esta Línea estratégica, nunca fue mi pretensión ir más allá de dar una opinión sincera y real de lo que pasaba en mi entorno y en el país en general. Jamás imaginé que me atropellaría el centenario del periódico más importante del país. Mi métrica nunca fue centenaria, pero la suerte decidió que fuera partícipe de este acontecimiento. 

Siento un gran orgullo por mi empresa y mis compañeros. Gracias al liderazgo de Olegario Vázquez Raña, Olegario Vázquez Aldir, Ernesto Rivera, Ignacio Anaya, Mario Pintos y Pascal Beltrán hoy Excélsior es la renovada promesa de un periodismo dinámico y veraz. Me enorgullece que Grupo Imagen no se apropió del centenario, lo honró con respeto, porque no somos responsables más que del 10% de la historia. Se honró a sus fundadores y a sus plumas fundamentales, se reconoció su bagaje, su archivo y su alma, que nadie puede arrancar, porque el periodismo es un ser vivo, que se preserva a sí mismo, que se desarrolla y crece de la mano de una sociedad necesitada de información y verdad. Eso ha sido Excélsior un ente extraordinario, que ha sorteado muchos peligros desde la censura gubernamental hasta la autocensura.

Todo lo anterior ha logrado que se sienten las bases de un diario moderno y que está preparado para los retos que nos presentan las nuevas generaciones y la revolución de la información y de las redes. Aprovecho para felicitar a mis compañeros que en esta edición de aniversario se lucieron.  Compañeros me siento honrado de ser su igual, son unos profesionales y su trabajo fue por nota. No dejaba de pavonearme cuando el sábado en las mesas de los restaurantes la gente hojeaba con apetito las páginas de un Excélsior vintage, cuando entré al sitio y tenía el mismo diseño que cambiaba  de 1917 a 2017. El programa de aniversario fueun poema. No tengo nada más que agradecerles a todos los involucrados su trabajo. Directores, editores, correctores, gráficos, prensa, archivo, administrativos y todos los que participaron, este periódico es el más importante de México, no por su cabezal, sino por ustedes que han llegado a ocupar el sitio y el espíritu de los fundadores, honrando su legado. Miles de gracias, lo hicieron por nota.

Ya que estamos en estas, despreciando la política, en la que siempre desperdiciamos galones de tinta y nada cambia, prefiero hoy omitirla. Le juro estimado lector, que no le miento. Cuando empezaba este párrafo, de forma simultánea en mi reproductor empezaban las notas y la letra de La flaca, de Jarabe de Palo, agrupación encabezada por Pau Donés, un extraordinario conversador, con cáncer de colon y con cataplines de acero. Lo entrevisté el viernes anterior. Me confiesa que la muerte lo tiene sin cuidado salvo por su hija de 13 años. Ahí encuentra su némesis. La suma de todos sus miedos. No cree en Dios porque no lo ha visto.

Me ha tocado en muchas ocasiones convivir y darle la mano a la muerte. Conversar con ella encarnada en algún miembro de mi familia, hasta altas horas de la noche. Me di cuenta de que aquellos que tienen la certeza de un inminente final de su existencia desarrollan una paz y una lucidez pasmosa. Tienen claro la inminencia de un final, pero también lo importante de trascender y dejar una huella entre aquellos que los amaron. Ayer, precisamente, mi sobrino Ricardo cumplió un año de muerto. De convivir con él, de las muchas pláticas interminables, aprendí su necesidad de conocer por mi voz el legado de su papá, mi hermano Ricardo. De saber quién era y qué pensaba. Al pasar de los años, no sólo mimetizó la personalidad y el legado de su padre, sino que tuvo el descaro de ponerle cara de alegría a una enfermedad terrible y dolorosa: la distrofia muscular.

Algún día, caminando por un centro comercial me preguntó: ¿Javi, me debe de importar que se fijen en mí porque me cuesta trabajo caminar? No puedo negar que la pregunta fue un reto para mí. Intenté decirle, que la gente juzga sin saber, que era una nimiedad, que él era un tipo superdotado que se sobreponía a todo. Mi sorpresa fue cuando me dijo esbozando una sonora carcajada: ¡ Ah qué bueno! Porque me importa un carajo lo que piense la gente. Estoy vivo y disfrutando con mi tío, estar vivo. Creo sin duda que si alguien me dio una lección de vida fue este chamaco cabrón de 28 años, que se le plantó al destino de frente, como torero esperando un toro bravo, que sabía que por herencia genética iba a ser cornado, pero que esperó la herida mortal con una sonrisa y con inmenso amor por su  familia y sus amigos. ¡Carajo, por qué se mueren los buenos y los malos nos infiltran el alma! Alguien juega a la perversidad. ¿Seremos nosotros mismos? Como una sociedad enferma, que entierra los grandes ejemplos y endiosamos a la gente más vacía. Mi Ricky como tú mismo decías,  con una mezcla brutal de sinceridad y descaro: ¡te quiero y te querré un chingo!

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