La Constitución: cadáver insepulto

Ayer, o sea, domingo 5 de febrero, se cumplieron 100 años de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Espero no ofender a los defensores de este Frankenstein jurídico al decir que es un cadáver insepulto. Lo digo porque una Constitución que tiene 136 ...

Ayer, o sea, domingo 5 de febrero, se cumplieron 100 años de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Espero no ofender a los defensores de este Frankenstein jurídico al decir que es un cadáver insepulto. Lo digo porque una Constitución que tiene 136 artículos y ha sufrido más de 550 modificaciones no es ni de cerca lo que aspiraba a ser. Lo peor es que los artículos más onerosos, más vetustos, siguen aún vigentes.

Recientemente fue encontrado en la Biblioteca Nettie Lee Benson de la Universidad de Texas en Austin un estudio de Emilio Rabasa Estebanell, uno de los constitucionalistas más importantes en la historia de este país. El hallazgo se debe a José Antonio Aguilar (CIDE) e incluye una crítica brutal a un artículo que ancló por muchos años el desarrollo de México. Rabasa dice que, como su nombre lo indica, una Constitución es un documento político y que no debe definir a la propiedad, porque de eso se encarga el derecho privado, el derecho civil vaya, y ello, precisamente, es lo que hace el artículo 27.

Menciona lo ilógico que resultaba marginar a las empresas del negocio petrolero. Hay que reconocer que una cosa es lo jurídico y otra distinta es el resultado de la modificación al citado numeral que resultó en la Reforma Energética, que aun hoy sólo ha dado resultados negativos. Pero, asimismo, debemos reconocer que el sector energético en manos del gobierno o no está destinado a sufrir debido al abandono de años, la corrupción y el entorno económico mundial, pero eso es otra historia.

Volviendo al mamotreto en cuestión, le pongo un ejemplo: la Constitución de Estados Unidos, aunque muy distinta en el articulado, ha sufrido desde 1787 27 enmiendas, que son verdaderas construcciones jurídicas independientes.

Si usted tiene interés de comprender ¿qué es una Constitución?, le recomiendo que compre el librito de ese nombre  que Ferdinand Lassalle escribió con una sencillez y genialidad sorprendentes. Es un libro corto, pero exacto. En términos generales explica que una Constitución es el documento o el conjunto de situaciones que norman a un país con base en los acuerdos o posiciones de los factores reales del poder, como la iglesia, la clase política, los trabajadores, la milicia y la sociedad civil, etc.

Si nosotros de forma pausada analizamos nuestra “Carta Magna” nos daremos cuenta de que no es de ninguna forma ni el reflejo de las aspiraciones de los diferentes sectores de la sociedad y mucho menos un instrumento político que ayude al desarrollo social y económico del país. La Constitución, que en 1917 fue un documento moderno y de avanzada, quiso abarcar tanto que se convirtió en una gran camisa de fuerza que la Suprema Corte de Justicia, como tribunal constitucional, ha tenido que estirar a grados que hacen de los ministros auténticos malabaristas o acróbatas del derecho.

No creo exagerar al decir que urge que se convoque a un congreso constituyente. Creo que nos urge un documento fundacional, moderno y político que refleje asuntos tan importantes como los gobiernos de coalición, idea surgida en una mesa de análisis del XIII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional y plasmada por Manlio Fabio Beltrones.

Si hay un jurista en el país que respeto es Diego Valadés, constitucionalista estudioso y preclaro. Un hombre de pensamiento tan preciso y directo como el bisturí en manos de un neurocirujano. No le faltó razón en su argumentación en esa misma mesa. Diego dijo que la vigencia de la Constitución está cuestionada, pero que la elaboración de una nueva puede llevarnos a un proceso “anarquizante”. Es cierto. Si vamos a convocar a una asamblea constituyente con la misma demagogia con la que hacemos política o elegimos gobernantes me parece que el término de Diego Valadés quizá se queda corto. Lo que Diego quiso decir, que su corrección y educación no se lo permitirían, es que se armaría un desmadre ingobernable. Pero creo que debemos empezar a pensar en que el documento de 1917 ya no huele a leyes y biblioteca. Huele mal y se aplica peor.

EN EL ESTRIBO.- Por una de esas casualidades que tiene la literatura, estoy leyendo al mismo tiempo dos libros que se enlazan y complementan de una manera impresionante. Uno es Diálogo de conversos de Roberto Ampuero y Mauricio Rojas, que es el diálogo entre dos exactivistas chilenos que querían implantar un régimen de izquierda en Chile en la época de Salvador Allende, cosa que lograron con consecuencias que ya todos sabemos. El otro, 2018 La salida... de Andrés Manuel López Obrador. Me encantan el contraste de ideas y la franqueza de Andrés, que se equivoca en algunas cosas, pero que acierta en muchas otras, que contrasta con aquellos que estaban convencidos de algunas ideas planteadas por el tabasqueño y que hoy desprecian. Recomiendo ampliamente este combo literario.

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