El señor del botón atómico

Siempre he considerado a Charlie Hebdo como un verdadero fenómeno. Su irreverencia ha costado vidas y mucho miedo. Pero no cabe duda que parte de lo que nos aterra de este semanario es su puntualidad, su asertividad. La portada de esta semana del semanario es demoledora. ...

Siempre he considerado a Charlie Hebdo como un verdadero fenómeno. Su irreverencia ha costado vidas y mucho miedo. Pero no cabe duda que parte de lo que nos aterra de este semanario es su puntualidad, su asertividad. La portada de esta semana del semanario es demoledora. Un Donald Trump, con cara de cínico, de depravado, tocando el botón nuclear. El semanario hace pensar en cuál será el futuro del mundo. Nos hace preguntarnos si de verdad es el nivel de loco que enseña en sus discursos desarticulados. Me queda claro que nosotros no somos electores, pero sí seremos de los muertos si este hombre pasa por los excesos. Me preocupa que en Francia, y en un país tan distante en todos los sentidos de Estados Unidos, estén centrados en la amenaza nuclear. Quizá puede ser una pataleta periodística que busque un efecto mediático, pero en la realidad no hay forma de aislar los efectos, de disimular el miedo de una amenaza nuclear.

Recuerdo con puntualidad en mi infancia, los efectos del miedo derivados de los desencuentros de la Guerra Fría. Era un miedo continuado que acababa en la posibilidad de que dos personajes se pelearan, el presidente de EU y el de la URSS. Vivíamos midiendo y rezando que el mundo no explotara en breve espacio, por la corta mira de dos seres con visiones políticas encontradas, con intereses disímbolos.

Odio depender del humor de alguien más para seguir viviendo. Detesto encargar mi existencia y la de los que quiero a un par de idiotas, o no tan idiotas, como Trump y Putin. Andar pensando en la muerte por culpa de estos personajes es algo que me atraganta. En resumen, busque la portada de Charlie Hebdo y dígame si no representa parte o gran parte de lo que usted podría pensar de Trump. ¡Ay, nanita!

Hace pocos días, reencontré y compartí en redes sociales una columna dedicada a mi hija Belén, hoy vuelvo a escribir estas líneas en el mismo salón de espera del aeropuerto Charles de Gaulle de París. Ahora tuve la fortuna de que la vida me diera la oportunidad de verla graduarse como Chef por el Cordón Bleu. Estoy azorado y con el corazón en la mano, decía hace dos años que Belén luchaba por guardar su fantasía, por preservar sus sueños y su infancia continuada. La sorpresa es que nadie se la ha podido arrancar, se ha resistido, ha luchado en contra de las embestidas de los malditos adultos que queremos enterrar sus sueños. Sigue siendo la misma niña, o quizá mujer, aunque me cueste, amorosa, tierna e ingenua. Pero ahora sabe mezclar sabores, picar ingredientes y mezclar ilusiones. Sigue teniendo una mirada clara y directa. Su sonrisa es franca y sincera. ¡Carajo! Qué suerte. Gracias a Dios y a la vida por haberme permitido disfrutar de una hija extraordinaria. Y lo digo con orgullo y sin ningún asomo de pena, le ha costado estar ahí lo doble, quizá lo triple que a cualquier otra persona. Su cabeza ha sido más dispersa que la de cualquiera, pero su voluntad y tesón han sido mayores que nadie. Ése ha sido el secreto de su éxito. No dejarse afectar por nadie, no le importan la burla ni el bullying, ante los peores insultos, ante la peor humillación su lección su respuesta es una sonrisa franca. Esos son cataplines. Eso, Belén, ha sido tu mayor ejemplo y la enseñanza que me has compartido en la vida. Gracias por ser mi hija, gracias por tu ejemplo y tu entereza. Esta vida vale la pena conviviendo con seres de tu tamaño y de tu talante. Espero que pronto estés consciente de qué clase de ser eres. Uno irrepetible, uno de luz.

Y no dejo de reconocer que tengo otra hija, que me llena de orgullo y que, pacientemente, espera su lugar en el podio de los laureles, mi Pao, tú naciste con algo a tu favor, un carisma encabritado que te va a llevar a donde quieras, sólo falta que seas paciente, te llegará tu hora, tu momento y eres impresionante, tu sarcasmo es una manifestación de tu inteligencia, simplemente exquisito, mientras tanto, sigue esforzándote y haciendo orgulloso a tu mejor amigo, te adoro.

EN EL ESTRIBO.- Trascendió que poco antes de dejar el poder en Quintana Roo, Roberto Borge invitó a desayunar al gobernador electo, Carlos Joaquín. Pues en total reconocimiento de su impresentable gestión y de su ratería se soltó a llorar a moco tendido junto a su cercano sucesor. Dicen las voces que incluso al nuevo gobernador le hizo un corrido nada simpático. Es increíble cómo las ratas en el poder se sienten intocables. ¡Qué pena!

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