Vacunación por orden presidencial (tuberculosis a poliomielitis 1935-1973)
A propósito de la vacuna contra el SARSCoV2 covid19, que, todo indica, ha conseguido adquirir para la población en general en etapas, según la vulnerabilidad el gobierno federal por las atinadas gestiones de Marcelo Ebrard, viene a la mente hacer un engarce ...
A propósito de la vacuna contra el SARS-CoV-2 (covid-19), que, todo indica, ha conseguido adquirir para la población en general —en etapas, según la vulnerabilidad— el gobierno federal por las atinadas gestiones de Marcelo Ebrard, viene a la mente hacer un engarce histórico en esta columna dedicada a la reflexión sobre el presidencialismo mexicano de todos los tiempos. Me refiero a las hazañas del presidente Lázaro Cárdenas durante su mandato para afrontar y enfrentar la urgencia por la tuberculosis y el paludismo.
Corría el año de 1934 y durante febrero se echaba a andar la campaña Antituberculosa por el gobierno de Abelardo L. Rodríguez (el último del Maximato de Plutarco Elías Calles). El interés del presidente Cárdenas en profundizar en medidas preventivas y remediales lo llevó a ordenar la construcción del sanatorio especializado de Huipulco, inaugurado a finales de 1935.
También durante 1935 comenzó la preparación de la vacuna antituberculosa, utilizando para ello el bacilo de Calmette-Guerin, hasta que en 1938 se autorizaron las reacciones Von Pirquet y Mantoux. Regresando a 1935, resalta por ser el año en que expulsaron a Calles del país. Pero ni la campaña de prevención ni la vacunación lenta y de ejecución asistemática impidió que la mortandad continuara. En 1940 se estimaban de 13 mil a 14 mil defunciones al año por tuberculosis y paludismo.
El paludismo, por otro lado, se fue convirtiendo en un severo problema de salud pública y para el año de 1936 se anunció la campaña nacional para su prevención. La acumulación de casos llevó a que en 1938 se intensificara el combate oficial del paludismo y en 1939 se le concedió la importancia de merecer un timbre postal, cuyos recursos obtenidos de su venta serían destinados a la causa del control y erradicación de la enfermedad. Hasta la fecha, dedicar una estampilla postal a un asunto público es certificar su trascendencia, a veces se trata de efemérides o personajes ilustres, otras la conclusión de una obra pública de carácter nacional y, como en este caso, a la promoción de un remedio científico contra una enfermedad de amenaza nacional.
Desde el análisis histórico disponible, fue Lázaro Cárdenas el primer mandatario en emprender una campaña de vacunación nacional para objetivos tan concretos. No se puede desconocer que antes no hubo estabilidad política ni la capacidad de organización del gobierno federal ni los avances de la medicina. Todo eso se fue sumando a la estimación del tata Lázaro, un sentimiento que lo hizo, sin duda y por muchas otras razones, el presidente más entrañable del siglo XX. Luego vendría la atención universal de otras vacunas. Una fue la vacuna contra la poliomielitis, creada a partir del poliovirus por el virólogo Jonas Salk (1914-1995).
Durante el mandato de otro popular y querido presidente de la República, Adolfo López Mateos, se inició la aplicación de la vacuna de poliovirus tipo Sabin, desarrollada en 1957 por el doctor Albert Bruce Sabin. Así disminuyó un 50% la tasa de enfermos. En 1963 se promulgó el decreto presidencial de administrar tres dosis de VOP en el nacimiento, a los cuatro y a los ocho meses de edad. Para 1973, Luis Echeverría echó a andar el programa de inmunización, mediante el cual se logró vacunar a más del 70% de los niños menores de cinco años, y un subsecuente descenso en la tasa de morbilidad por poliomielitis.
Al margen de los resultados, la vacuna contra el covid puede servir de compensación a la polémica estrategia sanitaria emprendida, ojalá, por el bien de la sociedad mexicana y mundial.
