Transparencia sobre desastres en monumentos culturales

La fatalidad rodea a los tesoros, la diferencia estará en construir protocolos para la conservación ordinaria y para situaciones de contingencia, como una situación de amenaza o afectación, ya sea por accidente o negligencia u otras modalidades destructivas

Paradójicamente, la conciencia universal sobre el valor de los tesoros de la humanidad: monumentos artísticos e históricos, sólo se produce ante la tristeza o indignación que sucede a los siniestros que destruyen joyas de la civilización.

A raíz del incendio de la Catedral de Notre Dame de París (lunes de la semana pasada), momentáneamente cobró mayor importancia el valor de la información pública, en relación con el estado de los bienes culturales, las amenazas a su integridad y los riesgos para conservación.

“Las crisis producen creces”. Deberíamos aprovechar el terrible incidente para exigir a las autoridades —todas— que directa e indirectamente tienen o deban tener previsiones y actuaciones para garantizar la integridad de los bienes culturales (INAH, Secretaría de Cultura federal, instituciones de los estados y municipales).

La fatalidad rodea a los tesoros, la diferencia estará en construir protocolos para la conservación ordinaria y para situaciones de contingencia, como una situación de amenaza o afectación, ya sea por accidente o negligencia u otras modalidades destructivas.

Como el cortocircuito en el techo de Notre Dame, lo mismo se dijo del incendio de 1967 en el interior de la Catedral de la Ciudad de México, que devoró el Altar del Perdón (se quemaron el órgano de la Epístola y el del Evangelio; se perdieron 75 de las 90 sillas del coro talladas en cedro y unos 15 óleos de valor incalculable).

Un ejemplo de desastre por causas naturales son los cuantiosos daños que causó en la estructura de la Catedral Metropolitana el sismo del 19 de septiembre de 2017 (incluida la pérdida de la escultura de Tolsá, una de las tres virtudes aladas. La Esperanza que se precipitó al vacío, quedando invictas las de Fe y Caridad). O por destrucción deliberada, así tal cual, como la bomba que se hizo estallar el 14 de noviembre de 1921 en la antigua Basílica de Guadalupe (artefacto explosivo que detonó bajo el cuadro de la patrona del templo y que resultó intacto, a diferencia del crucifijo, que se dobló a sus pies).

México cuenta con un enorme patrimonio artístico y monumental, mucho más amplio que el declarado por la Unesco. Los planes de reconocimiento son lentos y muchas veces no se culminan por negligencia o indolencia de las autoridades públicas. La burocracia puede revelar resistencias por temor a perder el control sobre esos sitios y monumentos y seguirlos explotando, libremente, sin dar explicaciones.

Acaso el primer compendio de tesoros virreinales perdidos en México, testimonio crudo de transparencia cultural.

Me refiero al libro que denuncia la inaceptable destrucción por incuria, vileza y estupidez de propietarios de inmuebles y autoridades ofuscadas, narrado y documentado por el memorable Guillermo Tovar de Teresa, La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido.

Retomo un fragmento del prólogo que para esa obra escribió Enrique Krauze: “(…) Nerón y los bárbaros quemaron Roma, Londres se incendió por un accidente, Lisboa y San Francisco por un terremoto, Moscú prefirió prenderse fuego antes que rendirse a Napoleón (…)”.

Con la información pública que contamos y que incluye “las moralejas” de lo sucedido, debemos estar atentos y vigilantes para proteger activamente esos vestigios baluarte de nuestra herencia cultural.

Más participación ciudadana en las políticas culturales y en la reacción ciudadana frente a riesgos o peligros concretos del patrimonio cultural.

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