Semántica presidencial. La vocación histórica ininterrumpida

Con motivo del 150 aniversario luctuo­so de Benito Juárez, una reflexión sobre el significado de su legado.Es indiscutible que, en México, el presidencia­lismo es origen y destino del oficialismo repu­blicano. La república es un concepto elástico que encarna la ...

 Con motivo del 150 aniversario luctuo­so de Benito Juárez, una reflexión sobre el significado de su legado.

Es indiscutible que, en México, el presidencia­lismo es origen y destino del oficialismo repu­blicano. La república es un concepto elástico que encarna la figura presidencial en cuerpo y alma, aunque formalmente, el federalismo resuelve la determinación histórica que ex­tinguió el ánimo centralista que disputó du­rante el siglo XIX el destino nacional, pero el federalismo ha sido un anhelo de difícil plas­mación, porque, para vivir en federalismo, se precisa una dinámica local que incida en el rumbo de la vida nacional, que gravite con­teniendo la poderosa tendencia centralista que sigue jalando fuerte y, como resultado, ha seguido inflamando la exaltación del Pre­sidente en turno como reflejo de la tradición que impone la veneración de éste, pero no sólo como un asunto de admiración a la figura presidencial.

El presidencialismo es el eje de la vida pú­blica, todo circula en función del ritmo que demanda la intervención del titular del Poder Ejecutivo federal en las decisiones nacionales; acá, el Presidente es el sol del firmamento de los sectores público y privado que quieren per­misos, concesiones, autorizaciones, empresa­rios que quieren venderle bienes y servicios, como es normal, es sólo que, al margen de las reglas que la legalidad establece para que los particulares participen en el desarrollo econó­mico, persiste una tradición que coloca en el centro la suerte de estar en sintonía con la fi­gura presidencial. Aunque ni siquiera se preci­se de favores presidenciales, los empresarios, solícitos, cuidan y buscan complacencias con la casa presidencial. Impera el ánimo de “más vale conseguir ventajas basadas en el servi­lismo, que abre caminos seguros, a tener que reclamar equidad en la conquista de las opor­tunidades para las licitaciones y las adjudica­ciones de obras públicas”.

El presidencialismo no es la consecuen­cia de la forma de gobierno presidencial, es la energía envolvente que inunda el clima de la vida nacional. La expectativa del éxito en lo público y en lo privado radica en la fortuna de contar con la vía directa o, aunque sea, indi­recta al poder presidencial, que es el “dador de vida”. Al margen de la reticencia de las nuevas generaciones a seguir las tradiciones históri­cas, la proclividad a formar parte del esquema de sujeción emocional comunitario al Poder Ejecutivo federal es tan poderosa que, hasta los sectores contestatarios que discrepan con valentía del “estilo personal de gobernar en la dinámica presidencial” participan de la obse­sión que tiñe cada día de oficialidad, al grado que la conferencia matutina del Presidente fija la agenda del día y todo lo demás es reacción a lo que se dijo.

Juárez es el arquetipo ideal del Presidente si acudimos a la historia oficial que distingue de héroes y villanos y, naturalmente, Juárez ha sido sublimado y su virtud republicana es fruto de un panegírico que se sigue celebran­do. El juarismo es un credo conveniente que se reza en los actos cívicos y que adereza los discursos políticos, aunque no haya manera de certificar que la humildad que el pastorci­to de Guelatao tuvo que asumir para destacar sea practicada y menos aún que la “austeri­dad republicana” que tuvo que imponer a su gobierno sea factible en un esquema distinto, dado que, en términos proporcionales, ningún mandatario contemporáneo ha encontrado un país más estancado y empobrecido por las guerras intestinas y el expolio de las invasiones extranjeras.

Juárez murió antes de perder la grandeza, si su salud no se hubiera quebrantado súbita­mente, habría sido un presidente estacionario en la silla presidencial y con menos preca­riedades hasta un presidente sin controles efectivos. El hubiera no existe, pero la trama nacional lo requiere de héroe impecable.

La vitalidad del presidencialismo reclama constante reflexión para desmitificar y reco­nocer la humanidad de los presidentes héroes y la redimensión de los villanos. Ni Juárez fue perfecto ni Santana o Porfirio Díaz fueron abominables si se reconocen las circunstan­cias que los movieron en tal o cual dirección. El presidencialismo sigue en auge y es una di­námica que sigue dictando el ritmo nacional.

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