Recetario democrático (clave en año electoral)
En un partido de futbol, sin árbitro no hay certeza.
La democracia es una receta que exige ingredientes precisos y en dosis calculadas. Si la democracia fuera un pastel (o, dadas las fechas, una rosca de Reyes), la receta es la fórmula única para un determinado platillo, si se desatienden los requisitos y las indicaciones (el modo de hacerse), podrá resultar algo incluso sabroso, pero, según las variantes a la receta, lo más probable es que no se le pueda llamar como se denomina al plato. Indudablemente, el chef es el que improvisa y crea platillos, gracias a él la cocina es una suerte de ciencia y un arte.
Pero hablamos de una receta específica, aquella que lleva un nombre porque sólo si se hace como se indica habrá ese resultado, y de eso se trata. Hablamos de una receta que exige fidelidad a la tradición y se aconseja que sea llevada a cabo sin vacilaciones ni variaciones. No es cierto que en la preparación de alimentos que siguen receta, como en el funcionamiento democrático, valga esa otra regla: “el orden de los factores no altera el resultado”.
En democracia, también se deben atender requisitos y condiciones adecuadas para que la democracia como creación común sea efectiva y pueda perdurar. Las democracias nacen para durar en el tiempo, no se concibe una democracia como algo pasajero, se trata de una cuestión mayor, una que corresponde a todos (aún a los que se resisten a sus objetivos y fundamentos), la democracia ha de ser cálida para convocar a sus adeptos.
La receta democrática implica un método que garantiza el resultado esperado. Aquí sí aplica aquel dicho: “para que haya buen caldo, primero ha de haber gallina”. Y sí, para que haya democracia, debe haber instituciones y leyes, un ambiente de relativa seguridad y debe haber demócratas.
En el hilo conductor de la metáfora de la democracia como un pastel, cabría estimar qué pasaría si le faltara algún ingrediente principal. Por ejemplo, si le faltara la levadura, a pesar de contener las porciones y medidas correctas de los demás insumos, el resultado sería un mazacote; un pan apelmazado (le faltaría aire entre el núcleo y la corteza del pan), en otras palabras, el volumen sería aplastado, no quedaría esponjoso y sin la consistencia requerida. El aspecto sería fatal y el sabor, aunque comible, aunque fuera posible partirlo en trozos o rebanadas, sería poco apetecible.
La levadura es para el pastel como la “actitud democrática” de los ciudadanos. La levadura es el alma del pastel; la actitud democrática es el brío que tienen los ciudadanos para defender la legalidad a través de los procedimientos democráticos. Sin regulación que encauce el proceso electoral, no podría haber elecciones, y menos sin autoridades electorales (INE, TEPJF y similares locales); tampoco sin candidaturas del partido oficial, pero especialmente de la oposición; tampoco sin instrumental de casillas y materiales electorales, credencial para votar con fotografía, padrón electoral, urna transparente, papeletas (para votar), tinta endeleble, etcétera.
Sin embargo, por encima de todo lo anterior, se precisa indiscutiblemente que haya ciudadanos que decidan las elecciones. Sin ciudadanos votantes no existen posibilidades de elección, aunque hubiera todo lo anteriormente señalado. En pocas palabras, para que haya elecciones debe haber votantes y, si nos vemos obligados a priorizar, tendríamos que reiterar que, para que haya elecciones, deberá haber lo anterior, pero para que haya una elección democrática deberá haber demócratas que acudan a las urnas. Ésa es la clave democrática: que la ciudadanía acuda a las urnas con la libertad de decidir el rumbo de la nación a partir de la voluntad popular.
La decisión popular expresada en las urnas tiene dos lecturas: la mayoría de los sufragios reflejan a la clase política a la que la sociedad escoge para que le haga gobierno y la minoría recibe el mandato de hacer oposición cabal. La democracia sólo acontece cuando existen frenos y contrapesos. En democracia no caben los mandatos absolutos, en los que no haya réplicas ni controles a quienes ejercen la función de ejecutar el plan de gobierno.
Sin obstáculos al ejercicio del poder no hay democracia. Como en un partido de balompié, sin árbitro no hay certeza. La democracia es una receta que no admite excesos que le resten sabor y sazón al platillo con el que se alimenta la sed de orden y legalidad de un pueblo.
