Presidentes mexicanos y tragedias de migrantes

México es un país de paso. Uno por el que se debe cruzar con pisadas precisas para esquivar la muerte, por eso es sinónimo de peligro. El paso de la muerte. Vivimos en un territorio escondite. Lugar al que hay que ingresar de modo clandestino: “Sin papeles” y “a ...

México es un país de paso. Uno por el que se debe cruzar con pisadas precisas para esquivar la muerte, por eso es sinónimo de peligro. El paso de la muerte. Vivimos en un territorio escondite. Lugar al que hay que ingresar de modo clandestino: “Sin papeles" y “a lomo de La Bestia, la mortífera experiencia de trepar a los trenes cargueros que desde el sur llegan al Pacífico y a las fronteras del norte.

Corría el año de 1987, concluía el mandato de Miguel de la Madrid, cinco zacatecanos murieron en el vagón de la muerte en Sierra Blanca, Texas. Iban por el sueño americano, encerrados herméticamente junto con otros mexicanos, en total 19, traicionados por el miserable coyote al que pagaron para pasar.

Sólo uno sobrevivió perforando el piso del furgón. Un agente fronterizo descubrió los restos y avisó a The Washington Post. El presidente electo Carlos Salinas de Gortari, en Río Grande, Zacatecas, fue enterado de la pena de los familiares enlutados y prometió ayudarlos.

Cuando Ernesto Zedillo terminaba su sexenio, comenzó el seguimiento oficial del fenómeno conocido como La Bestia o el tren de la muerte, los accidentes de los cientos y, luego, miles de inmigrantes en los vagones de carga. A pesar de ser conocida para entonces la nueva modalidad de transportación masiva de centroamericanos (principalmente), el penoso éxodo se repite y cada día deja víctimas.

Con Vicente Fox volvimos a tener que reconocer que las desgracias humanas de migrantes no sólo eran de los hermanos centroamericanos, sino de connacionales; en mayo de 2001, 14 mexicanos murieron en el desierto de Arizona, fueron abandonados allí por traficantes de indocumentados, perdieron la vida en horroroso martirio: deshidratados, insolados. Hacia 2006 regresó la dimensión completa del drama de los inmigrantes, véase el libro del periodista Jorge Ramos: Morir en el Intento. La peor tragedia de inmigrantes en la historia de los Estados Unidos.

Con Felipe Calderón, la nueva modalidad: las organizaciones criminales como Los Zetas secuestraban migrantes centroamericanos, pedían dinero a sus familiares o los obligaban a unirse al narcotráfico como sicarios o “halcones” o eran asesinados. La tragedia más grave fue San Fernando, en Tamaulipas, 72 centroamericanos, con unos de Ecuador y Brasil, y un hindú, fueron masacrados.

El fenómeno de alta peligrosidad migratoria en México creció durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.

De 2012 a lo que va del mandato del presidente López Obrador, han muerto alrededor de 3 mil 500 migrantes. Se estima que unos 600 se ahogaron; unos 377, asfixiados o insolados en el desierto de Sonora, en Arizona y en el sur de Texas.

Un centenar de migrantes en accidentes de tránsito, el Movimiento Migrante Mesoamericano reporta más de 600 centroamericanos y haitianos por accidentes carreteros, en la Bestia y a manos del crimen organizado.

Cuando por fin los migrantes (inmigrantes y emigrantes) logran llegar al otro lado de la frontera de México, se les llamaba coloquialmente espaldas mojadas o simplemente mojados por cruzar nadando el río Bravo.

Desde hace tres décadas, a los mojados se les puede denominar simbólicamente, empapados, pero no por el agua del río, sino de sangre.

Apenas hace unos días, 50 de más de un centenar de pasajeros hacinados en un camión de carga murieron en un accidente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. O sea, sigue ocurriendo y no existen mecanismos de remedio.

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