¿Presidencialismo prosoviético o prorruso?
Echeverría encontró un acercamiento con la URSS.
Hace unas semanas, una reunión parlamentaria de legisladores mexicanos prorrusos causó escándalo, en medio de la más espantosa crisis bélica por la ocupación de Ucrania, en una guerra que además de absurda (como todas), ha costado la infame destrucción de objetivos civiles. Desde la extinción de la Unión Soviética y la emergencia de Rusia, el Estado mexicano ha guardado una relación de respeto con ese país sin aquellos tonos que, en su momento, causaron problemas con el vecino del norte.
Al término de las revoluciones mexicana y la bolchevique de 1917, la identidad posrevolucionaria cimentó una amistad estratégica entre México y la entonces URSS.
Álvaro Obregón ordenó al embajador mexicano en Alemania, contactar en Berlín al embajador soviético en ese país. En 1924, México fue el primer país de América con relaciones diplomáticas con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
En medio de los efectos de la gran depresión estadunidense, Plutarco Elías Calles presionado por el embajador Morrow se alejó de la “amistad incómoda” y se rompieron las relaciones con la URSS a principios de 1930.
Lázaro Cárdenas conquistó el respaldo de los sectores obrero y campesino, influenciados por las ideas comunistas del marxismo; profundizó la reforma agraria que exigió Emiliano Zapata; modificó el artículo 3° constitucional para una educación socialista; nacionalizó el ferrocarril, expropió el petróleo, pero respetó la propiedad privada.
A pesar de las afinidades, los comunistas le reprocharon a Cárdenas, el fracaso de restablecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética y el asilo a León Trotsky.
Manuel Ávila Camacho se vio obligado a cerrar filas con Washington. México no tenía alternativas, tras los sospechosos ataques a los buques nacionales, tuvo que sumarse a los aliados. No obstante, las cancillerías mexicana y soviética habían trabajado discretamente la reanudación de vínculos diplomáticos en 1942.
Luis Echeverría encontró en la bandera del llamado Tercer Mundo un acercamiento a la Unión Soviética. La solidaridad con Allende en Chile, la reanudación de las relaciones con Cuba y las visitas del presidente Echeverría a Moscú encendieron alertas, pero sólo relativamente.
Las alarmas se desataron cuando José López Portillo visitó la Unión Soviética con el fin de establecer relaciones comerciales con los países socialistas y más cuando empezó a revelarse contra el bloqueo económico; particularmente cuando emitió el beneplácito del triunfo sandinista en Nicaragua, y en Cuba declaró frente a Fidel Castro: “Los enemigos de Cuba son nuestros enemigos”. López Portillo fue el último presidente ambivalente, que, remando con Reagan al frente de Estados Unidos, dejó evidencias de una vocación selectiva de izquierda.
El presidente López Obrador, exponente de una filosofía de izquierda, ha sido partidario de proclamar la Doctrina Estrada en los términos de la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones, cuando se ha tenido que manifestar en relación con un conflicto entre naciones hermanas. El problema es que no tardará la exigencia de Washington en que se pronuncie en contra de Rusia por las atrocidades en Ucrania e incluso que se sume a fincar sanciones a Moscú. Habrá que ver cómo se desarrolla la habilidad diplomática para zanjar ese desafío. No es lo mismo el sentimiento socialista con la URSS que la voracidad criminal de Rusia.
