Presidencialismo latinoamericanista (entre Cuba y EU)

A propósito de la VI Cumbre de la Celac, viene a cuento recordar la tensa relación de México con Estados Unidos por el factor Cuba a lo largo de las últimas seis décadas. De un lado, el poderío del principal socio comercial y máxima potencia económica mundial, y ...

A propósito de la VI Cumbre de la Celac, viene a cuento recordar la tensa relación de México con Estados Unidos por el factor Cuba a lo largo de las últimas seis décadas. De un lado, el poderío del principal socio comercial y máxima potencia económica  mundial, y del otro, el lazo sentimental con la hermana isla caribeña: icono del latinoamericanismo y a la vez un problema a manejar durante la Guerra Fría por la cercanía soviética de Cuba, convertida en bastión del comunismo en América. Después de la extinción de la URSS, el régimen de Fidel afincó su protesta por la continuación del bloqueo económico impuesto por EU.

A partir del ingreso del México al GATT, en 1985, comenzaron los reproches al seno del movimiento latinoamericanista que buscaba declarar la moratoria internacional de pagos de la deuda externa. La firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá marcó todavía más la distancia. 

Aparentemente, los presidentes procastristas fueron Luis Echeverría y José López Portillo, quienes de modo explícito se mostraron afines personalmente a Castro y solidarios políticamente con el bloqueo norteamericano, y México fue el único voto en contra de la suspensión en la OEA.

Luego se supo que Echeverría convenció a Nixon de que convenía a Estados Unidos que México asumiera un rol de cercanía con la Cuba de Fidel para evitar que su liderazgo victimista creciera más internacionalmente; López Portillo aprovechó la relación tibia y asistemática con su homólogo estadunidense Carter para elogiar a Fidel Castro, pero al llegar Reagan a la Casa Blanca tuvo que excluir a Castro de la Cumbre Norte-Sur organizada en Cancún ante la exigencia de Washington.   

Curiosamente, Salinas de Gortari consiguió traer a Fidel Castro a su toma de posesión, y con ello envió un mensaje a la izquierda latinoamericana y la mexicana tras los controversiales comicios de 1988 y,  aliado con el rey Juan Carlos I de España, lograron que Fidel Castro acudiera a las Cumbres de Iberoamérica, la primera en Guadalajara, y en 1991.

Acaso la etapa más descompuesta de esa relación entre México y Cuba se sintetiza con los incidentes de 1998 y 2002. Me permito citar textual las expresiones del comandante Fidel Castro:

 (…) “los mexicanos se quisieron alejar un poquito de nosotros y se metieron en la OCDE y nos dejaron en el barrio de los pobres, para mudarse a un barrio aristocrático”. Y añadió:

(…) “los niños mexicanos reconocen más a Mickey Mouse que a los héroes nacionales”. En respuesta, el presidente Zedillo ordenó el retiro temporal del embajador en la Habana.

Seguido por aquel “comes y te vas” de 2002, que le sugirió Vicente Fox al dirigente cubano para evitar que se encontraran, en un foro celebrado en Monterrey, el líder cubano y el presidente Bush; además del encuentro con el disidente presidente de la Comisión Cubana pro Derechos Humanos y Reconciliación Nacional durante la visita oficial de Fox a la isla.

La muerte de Castro dejó una herencia de arropamiento bolivariano a sus sucesores y para con los regímenes de Venezuela y Nicaragua, que concentran el sentimiento latinoamericanista antinorteamericano; también se esperaba que se podría reanudar el proceso democrático en la isla, pero no ha sucedido así hasta ahora. Así las cosas, la tensión continuará. Aunque la agenda mexicano- estadunidense tiene problemas mucho más grandes que resolver, como el migratorio, mucho mayores que las cortesías al dirigente cubano.

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