¿Presidencialismo indigenista o hispanófilo?

Viene a cuento por los debates que ha provocado el enfoque de la celebración oficial de los 200 años de la Independencia nacional, “500 años de resistencia indígena”. En el plano político, la relación formal bilateral de México y España ha sido pendular: ...

Viene a cuento por los debates que ha provocado el enfoque de la celebración oficial de los 200 años de la Independencia nacional, “500 años de resistencia indígena”. 

En el plano político, la relación formal bilateral de México y España ha sido pendular: ideologizada o pragmática y no pocas veces simbólicamente ambigua para compensar los extremos y el presidencialismo la ha definido, tendencia que continúa.

El antihispanismo se convirtió en un discurso oficial posrevolucionario encendido por el muralismo, especialmente por Diego Rivera, en el que se aludía a la imposición cultural de la conquista, sin que con ello se buscara resolver la desigualdad histórica de los colectivos autóctonos, excluidos y marginados desde la consumación de la Independencia.

Al oficialismo nacionalista del régimen posrevolucionario del siglo XX le bastaba invocar a Benito Juárez —máximo orgullo nacional: el indio de Guelatao— para con ese estandarte reivindicar la raíz prehispánica de los mexicanos.

Si hubiera habido en el presidente Juárez algún resentimiento por motivos raciales contra España acaso no habría impulsado en 1871 que se reanudaran las relaciones hispano-mexicanas.

Porfirio Díaz mantuvo cordiales relaciones con España, aunque en simbólica compensación inició la exaltación de la cultura prehispánica, exhibió el formidable Calendario Azteca y el primer monumento nacional a Cuauhtémoc en 1887, cuan héroe indígena.

Lázaro Cárdenas, en congruencia republicana, no reconoció al régimen de Francisco Franco en 1939, por lo que se interrumpieron las relaciones diplomáticas durante casi 40 años y, en contraste, abrió las puertas al exilio de republicanos.

José López Portillo, sin ambages, se reconoció hispanista a partir de obra literaria de su autoría y del orgullo del origen de su abuelo. Tras la muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, comenzó un camino y en marzo de 1977, López Portillo visitó oficialmente la tierra de sus antepasados españoles en Navarra y recibió en México al rey Juan Carlos I en 1978.

La reconciliación oficial pasó una “prueba de fuego” ideológica, la celebración de los 500 años del descubrimiento de América en 1992; al margen del debate de los historiadores mexicanos, el pabellón de México en la Exposición Internacional de Sevilla fue una equis para reclamar que nuestro país se escribe con “x” y no con “j”.

Vicente Fox no ocultaba ser hijo de madre española y fue beneficiario de la reforma a la Constitución que admitía tal supuesto para arribar a la presidencia de la República. El monarca Juan Carlos I de España vino en 2002 y se ensancharon los lazos de cooperación económica.

Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto cultivaron con pragmatismo la relación bilateral acentuando los intercambios económicos y comerciales que iniciaron a mayor escala con Vicente Fox; se aseguraba que España era el segundo socio comercial más importante en la Unión Europea y el primer país inversionista con más de 45,000 millones de dólares. México fue el primer país de América Latina visitado por el rey Felipe VI en 2015.

El discurso del presidente López Obrador ha sido consistente en una línea de reproche  y exigencia al rey de España  de expresar perdón por las atrocidades de la conquista; sin embargo, plantea a un monarca  de la dinastía de los Borbones los actos de la dinastía de los  Austrias.

Se avecina un nuevo episodio de distanciamiento por el lado ideológico de la relación. Esperamos que eso sea compensado por la dimensión pragmática eminentemente económica y comercial de una relación conveniente para ambos países.

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