Presidencialismo feminista

Ruiz Cortines retomó el tema y desde 1954 la mujer obtuvo el derecho a votar en todas las elecciones

En reclamo de justicia para Yolli García Álvarez,

expresidenta del Ivai, perseguida política en prisión durante año,

pudiendo llevar su proceso penal en libertad.

El poder presidencial en México tiene un sustento eminentemente machista. Hasta que una mujer sea titular de la jefatura del Estado y del Poder Ejecutivo federal, podremos dimensionarlo de otra manera. Sin embargo, conviene reconocer la vocación feminista de algunos presidentes de la República que, desde los albores del siglo XX, dejaron constancia de una percepción moderna, rompiendo con el denso protocolo de la época.

Venustiano Carranza mandó señales en esa dirección. Su secretaria particular, Hermila Galindo, envió al constituyente un escrito en el que solicitaba los derechos políticos para las mujeres:

“Es de estricta justicia que la mujer tenga el voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones con el grupo social, razonable es que no carezca de derechos”.

 Lázaro Cárdenas impulsó, en 1937, la primera iniciativa jurídica para incluir en el artículo 34 de la Constitución General, el derecho de las mujeres a emitir sufragio. Al parecer, el trámite parlamentario avanzó al punto de conclusión. Lamentablemente, fue frenado de modo silencioso (por los duendes parlamentarios). En ese caso, las deliberaciones al seno del Partido Nacional Revolucionario (PNR), fundado por el presidente Plutarco Elías Calles, se fundieron en una masa argumental contaminada por las toxinas del machismo ancestral y el anticlericalismo, influjo de la Cristiada. Así se puso una lápida a la propuesta presidencial del Tata Lázaro. Se estimó que las mujeres no podrían votar con libertad por ser sumamente influenciables por los curas.

Se cita que el general Cárdenas fustigó el hecho con las siguientes palabras:

“En México, el hombre y la mujer adolecen paralelamente de la misma deficiencia de preparación, de educación y de cultura, sólo que aquel se ha reservado para sí derechos que no se justifican”.

En 1947, durante el mandato presidencial de Miguel Alemán, fue reformada la Carta Política en su numeral 115, para dar cabida al derecho de la mujer a votar en las elecciones municipales. Sin duda un avance, a pesar de haber sido aquella una “solución” acotada al nivel de las localidades y quedando aún lejos la ecuación completa.

Fue Adolfo Ruiz Cortines quien retomó el pendiente y desde 1954 la mujer obtuvo el derecho a votar en todas las elecciones.

Sin embargo, fue hasta el 3 de julio de 1955 que las mexicanas estrenaron su voto en unas elecciones federales. (Enriqueta Tuñón Pablos, El Estado mexicano y el sufragio femenino).

El talante presidencial tuvo que ir respetando, a fuerza de tropiezos y enormes dislates, el derecho a la paridad. Lo trágico es que en estas fechas siga siendo un grumo indisoluble. La terca realidad no deja de imponer expresiones anacrónicas que marcan las taras sociales de una cultura machista que, de modo torpe e insolvente, resta valor a la mujer.

Ahora traigo a cuento el ominoso pasaje de aquel vergonzoso dicho del presidente Vicente Fox, de principios del siglo XXI, quien, por hacerse el gracioso, comparó a las mujeres con máquinas de lavar ropa.

Enorme contraste con las tempranas manifestaciones de avanzada de los presidentes Carranza y Cárdenas, hombres recios, forjados en la cultura castrense y nacidos a finales del siglo XIX. Con tremendas ambivalencias celebramos el 8 de marzo de 2021. ¡Sin palabras!

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