¿Mochila segura?

Sí, pero revisada desde casa para asegurarnos que sea la mochila de niños sanos, amados, felices, dispuestos a detectar la amargura en sus compañeros y maestros y a decirlo, para que superen su tristeza

La tragedia del colegio de Torreón Coahuila sacudió nuestras consciencias. Consciencias “inconscientes” de una realidad que nos rebasó. La niñez mexicana acude a la escuela con mochilas peligrosas, pero la causa de estas terribles noticias no está en la falta de revisión de la mochila al salir de casa como al ingresar a la escuela. El problema está en lo que llevan adentro de su cabeza y de su corazón los pequeños que cursan la instrucción escolar. Seguro traen miedos, flagelos emocionales, pesar, incomprensión y hasta rencor inconsciente; envidia infantil agravada por la discriminación o por las diferencias con otros niños que parecen, o más felices, o menos desdichados. 

Inútil sería colocar arcos de seguridad para que los colegiales pasen al centro educativo como cuando acompañan a sus padres al abordar un avión.

¿Y si mejor, antes, revisamos sus mochilas en casa?, pero los ayudamos, a la par, a meter en ellas los útiles precisos, tras vigilar la tarea y, sobre todo, nos volcamos a propiciar que ellos tengan en su cabecita y en su pecho el amor suficiente. Aquel sentimiento que –diría Serrat– se transmite “…con la leche templada y en cada canción”.

 La reacción de un chico de once años que ingresó con armas al centro educativo y disparó contra su profesora y contra sí mismo nos hizo a todos girar en torno a nuestra responsabilidad por tener un país tan violento como el que tenemos.

Sintámonos culpables a la vez por no haber sabido hacer lo correcto, lo preciso para prevenir, no los actos irracionales que un espíritu atormentado puede llegar a cometer en el laberinto de su desesperación, sino, precisamente, para que en cualquier centro de convivencia: en la escuela pública o en la privada, tengamos en los profesores y en los padres de familia y en los mismos escolares semáforos sensibles para encender alarmas de solidaridad afectiva y efectiva.

Sólo hay un método: tratar con los debidos cuidados a los más débiles e inseguros. Allí debe estar la sociedad mexicana: personificada en esos “agentes de armonía social”, en gente cercana, en gente cotidiana.

Debemos evitar crisis existenciales por desamparo y temores infundados, de esos que se vuelven montañas de odio que un día se desbordan como una avalancha encima de cualquiera.   

 Todos somos copartícipes de una omisión, hemos sido ciegos a las causas que generan más riesgos sociales y humanos, ciegos a la indolencia por no haber construido medidas de urgente prevención desde hace mucho, muchísimo tiempo.

Medidas extraordinarias sí, que hagan que la niñez, la propia y la ajena, tenga motivos de felicidad para llenar sus mentes y sus corazones de afecto y alegría.

Medidas extremas también, porque la violencia que padecemos en México es una tragedia continua y continuada que cada día arroja a la indolencia ciudadana los datos de víctimas nuevas y  los nombres, fríamente publicados, de aquéllos que, desgraciadamente, perecieron en manos del “crimen organizado” o del crimen espontáneo.

Cada día en el mundo (y en México) miles de niños son cooptados por las bandas criminógenas para utilizarlos como “carne de cañón”. Esos niños de nadie, son los niños de todos y no lo hemos visto así, y su duelo es causa de vida o muerte.

Y están también “nuestros” niños, los que creemos exentos de riesgos porque no deambulan sólos por las calles, expuestos al peligro de ser interceptados por el crimen organizado.

No obstante, “nuestros niños” en casa tienen a la mano peligrosas desventuras sentimentales por maltrato, abandono, sin supervisión afectiva y urgidos de aventuras online que, sin el debido control de los padres, pueden conducirlos a contactos inconvenientes con desgarradores desenlaces.

¿Mochila segura?

Sí, pero revisada desde casa para asegurarnos que sea la mochila de niños sanos, amados, felices, dispuestos a detectar la amargura en sus compañeros y maestros y a decirlo, para que superen su tristeza.

Hasta que hagamos eso con unos y otros podremos creer que llevan una mochila segura.

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