México y Europa (filias y fobias presidenciales)

“Los agravios” históricos de la Conquista vuelven

A propósito del incidente diplomático por la resolución del Parlamento Europeo y la airada respuesta del presidente de la República, López Obrador, viene a cuento desenterrar los sentimientos y rencores que a lo largo de más de 150 años han estado a flote por temporadas y luego se vuelven a sumergir cuando las relaciones diplomáticas, principalmente económicas y comerciales con Europa se ubican como el más saludable pretexto. Así se han superado “las  rencillas”, para luego, según el perfil del gobernante mexicano, se vuelvan a regenerar o aplazar.

Así las cosas, “los agravios” históricos de la Conquista expuestos contra España vuelven, cada vez menos seguidos en el tiempo, pero son motivo y recurso ideológico al servicio de un nacionalismo exaltado que no produce dividendos económicos, sino solamente políticos con una parte de la población a la que le inflama el orgullo y le remueve el resentimiento respecto de hechos, por lo que la misma España, como democracia moderna, no tuvo algo que ver.

A Juárez le tocó enfrentar al  ejército invasor, el ejército francés del emperador Maximiliano que llegó imponiendo orden en la tierra prometida por los conservadores que fueron a pedir que viniera a gobernar. Paradójicamente, el mismo Juárez se vio obligado a reanudar las relaciones diplomáticas con España en menos de una década y con Francia en 1871. A pesar de estar tan cerca la invasión imperial. Precisamente, por eso, El Benemérito tuvo que dejar de lado el rencor, el mundo iba cambiando y lo supo comprender. Fue Don Porfirio Díaz quien dio las más amplias garantías para la estabilización de unas relaciones rentables con toda Europa e inició con la participación en las exposiciones internacionales que dieron a México carta de presentación y propiciaron comercio, turismo e inversión.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, miles de refugiados españoles habían sido recibidos en México, el general Lázaro Cárdenas les brindó abrigo para defender sus vidas de un déspota (Franco) que los habría eliminado por haber sido adversarios a su injusta interrupción de la República que encabezaba Manuel Azaña

El exilio de esos españoles perseguidos por el dictador Francisco Franco permitió que una vez más México fuera visto como un refugio humanitario contra la opresión autoritaria.

 Y, naturalmente, tampoco se antepuso a esa sabia y generosa decisión de Lázaro Cárdenas traer a cuento los resabios de la Conquista.

  El presidente Luis Echeverría diversificó el comercio exterior con la entonces Unión Soviética y China, sus discursos eran apasionados y siempre vinculaba sus convicciones revolucionarias con el comunismo, pero no esbozó un reclamo concreto a Europa ni por la Conquista ni por la Intervención Francesa. Naturalmente, tampoco respecto del país del norte, aunque el histórico villano de la “patria bolivariana” no hizo ninguna referencia a las invasiones estadunidenses ni a la pérdida de la mitad del territorio a mediados del siglo XIX. Ésos son hechos consumados e irreversibles.

José López Portillo restableció las relaciones entre México y España en 1977, pero no por su hispanismo, sino porque se había extinguido la causa de esa ruptura diplomática: el régimen dictatorial. Las expresiones del Parlamento Europeo fueron severas y causaron irritación en Palacio Nacional.

Pero no olvidemos que los reproches de los parlamentarios europeos se refieren a hechos lamentables como por desgracia comprobables. En 2015 fueron por Ayotzinapa y ahora por el aumento de la inseguridad violenta, en general, y, especialmente, un número importante de periodistas victimados en suelo mexicano.

  • Al margen del incidente y sus lecturas, esperamos que se ataje la violencia desatada en todas las ciudades del país, que no haya desaparecidos y que no sea asesinado ningún periodista.

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