Libertad de expresión (derecho al disenso y al consenso)

7 de junio, Día Internacional de la Libertad de Expresión. La libertad de expresión, conquista universal que se puede perder orecuperar. Es tan importante que no se ha podido ejercitar en todos los lugares que se consideran democráticos. Simplemente, en México ...

7 de junio, Día Internacional de la Libertad de Expresión.

La libertad de expresión, conquista universal que se puede perder o recuperar. Es tan importante que no se ha podido ejercitar en todos los lugares que se consideran democráticos. Simplemente, en México hace  apenas tres décadas comenzó a perderse el temor de hablar en voz alta en sentido crítico del Presidente de la República o del gobernador o del diputado o del alcalde. La libertad de expresión, aunque sea extrema y ofensiva en contra del poder (no a la inversa), evidencia el oxígeno democrático, alimenta la discusión pública y produce el urgente remedio del debate, el pacificador portátil. El debate es el deporte democrático por excelencia, consiste en tensar la discusión a efecto de llegar a algún acuerdo. Aunque para algunos sea un ejercicio insoportable o simplemente inútil.

El entendimiento gradualmente fue el territorio de la congregación en las cavernas, luego en tribus, en asentamientos provisionales, en  ciudades fortificadas y mucho después  en países en los que la convivencia se torna obligada. En otras palabras, la convivencia democrática es una condición que obliga a todos a poner algo de su parte, cuando aquello o cualquier cosa se vuelve forzosa, entonces ya no sería convivencia, sería cautiverio.

Entenderse no es mimetizarse, tampoco sucumbir por cobardía a los postulados contrarios. Entenderse significa acordar un escenario distinto a las partes en disputa. ¿Ceder o conceder? Eso dependerá de qué tanto aportan las partes en el arreglo que se supone intuyen es por el bien común.

 Se dice que en política los acuerdos son los arreglos posibles y no las mejores soluciones para cada problema. No quiere decir que esos arreglos sean equitativos o proporcionales, pero son funcionales.

Entenderse para desactivar el encono que produce la diferencia es un destello de la inteligencia.

Ante la polarización de puros e impuros o de buenos y de malos, entenderse es un acierto y un triunfo; es ponerle piso al camino común, en lugar de caminar cada cual por su charco.

Cuando se descubre que no hay la menor probabilidad establecer un diálogo con quien se sabe de antemano que sería imposible llegar a coincidir, ese saludable ejercicio de lanzar argumentos buenos y malos de cada lado –como un deporte intelectual– deja de ser una alternativa, porque no conduce a ningún sitio.

Preservar el ánimo cívico obliga a ubicar la voluntad conciliadora por encima de la diferencia. No veo lo que tú ves, pero eso no me hace sentir que tengas poca vista o que de plano estés instalado en la ceguera. En cambio, no me molesta lo que ves, me impacienta el cómo lo ves, pero no tengo derecho a exigirte que lo veas como lo veo. El derecho a disentir es el cimiento de la pluralidad.

Y en esa dirección el derecho a disentir es proporcional al derecho a coincidir. El disenso es la fuente del consenso.

La cosa es tener en claro qué, el disenso debe propiciar acaloradas conversaciones, pero ante todo servir para edificar consensos. Esperamos que la unanimidad jamás se imponga como un deber, sino que de entre las diferencias se construyan más consensos. Pensar diferente es bueno porque lo primero es  saber, poder y querer pensar.

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