La sucesión presidencial (destapes y sorpresas)

La primera gran determinación del autoritarismo demagógico de 1940 a 1994 la resolvió Lázaro Cárdenas al seleccionar al general Manuel Ávila Camacho, en vez del probablemente “idóneo”, general Francisco J. Múgica. La sorpresa de esa decisión vino acompañada ...

La primera gran determinación del autoritarismo demagógico de 1940 a 1994 la resolvió Lázaro Cárdenas al seleccionar al general Manuel Ávila Camacho, en vez del probablemente “idóneo”, general Francisco J. Múgica.

La sorpresa de esa decisión vino acompañada del lanzamiento de un gran candidato de la oposición, el carismático general Juan Andreu Almazán.

Casi todos los presidentes mexicanos han vivido la tentación de prolongarse a través de su sucesor. No ha funcionado, ni siquiera cuando hubo controles superiores eficaces.

El nuevo presidente, pronto marca distancia de su antecesor, sin importar que ello adquiera tintes de ingratitud.

Los presidentes solían jugar con sus colaboradores, hacer con ellos pasarelas, proyectar a unos e invisibilizar al bueno.

Un destape engañoso fue cuando Luis Echeverría preparó el escenario para que su sucesor fuera Mario Moya Palencia cuando en realidad preparaba la inesperada asunción de José López Portillo que, al igual que su antecesor, dejó crecer el rumor en favor de Porfirio Muñoz Ledo cuando la sorpresa se condensó en favor del sereno y moderado Miguel de la Madrid Hurtado.

De la Madrid produjo un esquema de varios precandidatos, seis para ser exactos: Alfredo del Mazo, Sergio García Ramírez, Manuel Bartlett, Miguel González Avelar y el tapado o “caballo negro” Carlos Salinas de Gortari. En una polémica elección contra el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, que se sigue poniendo en duda el resultado.

Salinas de Gortari concentró su juego sucesorio en dos perfiles antagónicos: Manuel Camacho Solís y Luis Donaldo Colosio, el entonces presidente de la República agitó las aguas republicanas y se removió el cieno del estanque. La bala que mató a Colosio dejó fuera de la jugada a Manuel Camacho Solís, quien tuvo que ver con estupor cómo fue que un bateador emergente llegaba: Ernesto Zedillo. Aquel 1994 fue un año horrible y sus efectos desencadenaron una fuerte crisis política seguida de una económica y luego la pérdida de la Presidencia de la República por el PRI. Un disminuido Francisco Labastida fue abandonado por el primer priista del país (así se llamaba al Presidente); el priismo culpó a Zedillo de no haber defendido el monopolio de la sucesión, en cambio, la primera alternancia abrió la puerta a la democratización y le redituó a Zedillo un gran prestigio internacional. Curiosamente, las elecciones de 2024 recrean un paisaje tan tenso e intenso como el de aquel 1994.

Así comenzó la implosión del PRI, la pugna desatada entre los seguidores de Colosio y Camacho terminaron facilitando que un tecnócrata apartidista como Ernesto Zedillo quedara como candidato de unidad para salvar una dura campaña que permitió al candidato oficial vencer a dos grandes contrincantes Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos.

Lo paradójico es que el sabor de esa agitada sucesión de 1994 resurja cuando el entramado constitucional y electoral es absolutamente otro, precisamente, el que facilitó la alternancia y el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en 2018.

A casi un siglo de aquel discurso de Plutarco Elías Calles: “Ha llegado la hora de que pasemos de (ser) un país de caudillos a uno de instituciones y leyes”. Pero también hemos escuchado con estupor: “Y no me vengan con que la ley es la ley”…

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