‘La suave patria’, fermento de un país atormentado

Ramón López Velarde, un poeta atribulado por los desencuentros de su vena erótica y alegre, que lidiaba incesantemente con la pesadumbre de sus depresiones, resultó elegido por la historia para confeccionar un poema épico a efecto de conmemorar el primer ...

Ramón López Velarde, un poeta atribulado por los desencuentros de su vena erótica  y alegre, que lidiaba incesantemente con la pesadumbre de sus depresiones, resultó elegido por la historia  para confeccionar un poema épico a efecto de conmemorar el primer centenario de la consumación de la Independencia (1821-1921).

En 1921, gobernaba el general Álvaro Obregón y el temible mandatario era proclive a la poesía y estaba urgido de celebraciones.

No había poetas  visibles, los famosos se habían marchado por la violencia y la destrucción causada por una década de revolución. El país era un desastre para tejerle con encajes verbales un vestido de fiesta. ¿Con qué halito?, ¿con qué sustento?

Ramón López Velarde era un poeta integral. Sí, un bohemio, un trashumante del arte al amor que encima cargaba una culpa política indirecta; había sido burócrata de la Secretaría de Gobernación en un momento equivocado. Inclusive, el 7 de mayo del año anterior,  iba rumbo a Veracruz en los vagones en los que huía el general Carranza.

Desamparado, el poeta regresó a la capital sin trabajo y hundido en la depresión. Según la crónica de José Emilio Pacheco, hubo de refugiarse en la labor editorial y, además, aceptó de Vasconcelos dar unos cursos en la Preparatoria. Así participó en el primer número de la revista El Maestro, para la que el bardo zacatecano presentó Novedad de la Patria, a la que agregó los términos de un canto íntimo para suavizar la existencia de sus coterráneos. Entre sus cautivadores alegatos deja en clave que la patria, para seguir siendo suave, ha de ser fiel a su alma ancestral, que por ser diáfana es sensitiva, generosa y proverbial. 

Tampoco podemos sugerir que la suave patria, cual canto estético, olvidara que el México de 1921 acontecía después de una década de guerra con más de un millón de muertos. El poeta era sensible y de un temperamento melancólico y nostálgico, sin embargo, edificó su canto con urgencia de porvenir porque sabía que su poema no podía ser un epitafio, sino un estandarte para relanzar el ánimo social.

Se rehusó a escribir con inspiración marcial un segundo himno nacional y a taladrar un panegírico al general presidente envuelto en loas a la exaltación oficial de la Revolución. Guillermo Sheridan sostiene que la Suave Patria es “una epopeya rezada” y Víctor Manuel Mendiola que es “un poema no violento para un país violento”. Con otras palabras, es acaso una receta pacífica para suavizar la aridez violenta de la patria. Ramón López Velarde tuvo que conciliar miedos y pesares; resentimientos y presentimientos; dicha y amargura para humectar la prosa con rocío al momento de referir al desierto de la pobreza ciudadana. Invocó con dulzura los sinsabores de la fragilidad de las costumbres y las tradiciones amenazadas por sinrazones. Con la ternura desmedida de un creador estético, hizo con las rimas de versos perfectos un auténtico concierto. Música nacionalista que urge volver a escuchar.

 

 

Ojalá que la situación actual —como hace un siglo— produzca una nueva versión de la Suave Patria.

Un cántico que suavice nuevamente la atmosfera áspera, que erradique la hostilidad, que haga amable las circunstancias de la convivencia cívica, porque son el fruto de la pluralidad. Una oda dedicada a la concordia nacional.

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