“Del dicho al hecho –en democracia– hay mucho trecho”
La democracia es una promesa permanente. La promesa de nunca acabar. Asegurar que funciona plenamente es un engañoso juego de palabras.Una promesa que se recicla en cada proceso electoral, la democracia con frecuencia se ha vuelto un fenómeno reducido al paso por las ...
La democracia es una promesa permanente. La promesa de nunca acabar. Asegurar que funciona plenamente es un engañoso juego de palabras.
- Una promesa que se recicla en cada proceso electoral, la democracia con frecuencia se ha vuelto un fenómeno reducido al paso por las urnas. Nadie puede fustigar que el voto, presumiblemente libre e informado, es el más visible de los síntomas democráticos, pero no se debe desconocer que existen otros procedimientos para garantizar el clima democrático en su conjunto, pero, el ejercicio del sufragio popular es el más popular de los signos y las señales democráticas.
La democracia es un esquema de probabilidades en el que casi todo puede pasar, pero en el que se presume que con prevalencia pueden ocurrir cosas buenas. En otras palabras, la democracia es un refugio, si bien allí hay y habrá problemas, existen vías o medios para buscar soluciones aceptables.
El principio de legalidad es una asignatura mucho más amplia y sofisticada que la trama de lo que compone el proceso electoral. Sin embargo, es tan delicada la cuestión electoral que, a su vez, no admite ser simplificada a la celebración de mítines, actos de campaña y un conteo de votos. Las elecciones deberían ser ejercicios de renovación democrática para los electores que cada periodo acuden a cumplir el deber cívico y la extraordinaria oportunidad de vivir la iniciación de los “primovotantes”. El pragmatismo hace que todo eso parezca un carnaval de promesas (a costa del erario) y un vendaval de propaganda/basura que ensucia pueblos y ciudades. Encima de la estridencia electoral anticipada fuera de las previsiones legales, la marcha electoral propicia una verbena de acusaciones y ataques entre los contendientes, y eso aturde a una parte de la sociedad en condiciones de emitir sufragio. El grotesco espectáculo de la travesía electoral se vuelve una pesadilla para mucha gente que o decide por ello mismo ir a votar el día de la jornada, o sepulta esa intención en beneficio del abstencionismo, que aún en elecciones federales presidenciales es considerable. En el bullicio y los discordes ruidos de la confrontación se disparan los negocios electorales. Se ponen en valor los servicios e insumos que requieren los actores electorales en tiempos de agitadas campañas: los partidos, los candidatos y los gobernantes camuflados que meten mano negra en los comicios, pagan con dinero oficial encuestas favorables, pagan promoción ilegal en espectaculares y bardas y pueblan de obsequios las casas de los electores de las regiones empobrecidas.
- El candidato de ayer/gobernante concluyente se apresta a salir del mandato entre un sinfÍn de señalamientos por incumplir, olvidar, abandonar. La democracia mexicana se concentra en lo electoral, habiendo o no comicios federales y/o estatales, las instituciones electorales son permanentes y deben estar pacificando conflictos menores, medianos y mayores, que siempre desembocan en última instancia en la competencia del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
