Acapulco, invención e inversión presidencial
• La pandemia por covid-19 produjo cambios acelerados en las condiciones internacionales.
Acapulco, emblema mexicano del turismo, tendencia en las noticias por la concentración en sus playas con motivo de la Semana Santa. Una aglomeración irresponsable en plena emergencia sanitaria por covid-19 y, también, por el escandaloso enfrentamiento de un grupo de paseantes de la capital de la República con uno de residentes en la playa de Caleta. Precisamente, cuando es necesario que comience de nuevo la actividad turística nacional.
Urgía —como ahora— reactivar la economía nacional, corría el año de 1946 y el país estaba pasmado. El presidente Miguel Alemán Valdés entendió que, después de la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall en Europa iba a provocar derrama económica y beneficios de retorno para Estados Unidos e imaginó que tenía que sacar ventaja estratégica a su vecindad con la primera potencia mundial. Alemán invitó al presidente Truman en 1947 y lo envolvió con la calidez y los encantos de la capital de la República. Ésa fue la primera visita oficial de un presidente estadunidense a suelo mexicano.
Coincidente con el ánimo presidencial interesado en impulsar Acapulco, en ese 1946, el músico y poeta veracruzano, el inmenso Agustín Lara, grabó la canción María Bonita, con la que inmortalizó su devoción por el encanto de María Félix y el paraíso de la “perla del Pacífico”.
La crisis económica de la posguerra se había venido encima y había amenazas de hambruna, Miguel Alemán Valdés fue el primer presidente posrevolucionario que no pertenecía al Ejército y estaba libre de los prejuicios de una ortodoxia nacionalista que desaconsejaría cualquier compromiso de endeudamiento con el histórico enemigo del país azteca y el único que podía facilitar prestamos inmediatos. (Si Juárez acudió a Estados Unidos, seguramente al Benemérito no se le olvidaba que, apenas 20 años antes, la invasión norteamericana había costado la más grande humillación: la bandera de las barras y las estrellas ondeando por más de dos años en Palacio Nacional y la pérdida de la mitad del territorio).
Regresando al tema, eran los años cuarenta y el momento de jugar con las reglas que impuso la nueva realidad internacional; mientras surgía la Organización de las Naciones Unidas y se iban alineando los mercados para galopar al ritmo de la Guerra Fría, Acapulco fue un “invento oficial” para seducir al mundo. Invertir en Acapulco trajo progreso y bienestar a todos. Hubo que conectar al —entonces— lejano puerto con la Ciudad de México y a la capital con el norte del país por vías más rápidas y confiables y se trazó el primer tramo de la carretera panamericana.
Acapulco se anidó en el corazón de miles y miles de viajeros que vinieron de todas partes a comprobar sus encantos y se comenzó a asimilar el enorme potencial turístico de México entero. De hecho, hasta el año antepasado, nuestro país era la décima potencia de la “industria sin chimeneas”.
La pandemia por covid-19 —como en su momento la Segunda Guerra Mundial— produjo cambios acelerados en las condiciones internacionales; los desafíos actuales exigen audacia para remediar los efectos de la crisis económica por la tragedia nacional.
