2024, ¿emergencia democrática global?

En las democracias los jueces no son electos.

Emergencia es un término que normalmente indica la necesidad de hacer algo de inmediato para resolver cuestiones de vida o muerte. La emergencia cada vez más se asocia al peligro de perder la vida o la salud por alguna catástrofe o desastre colectivo o por alguna fatalidad personal (en su dimensión individualizada), un accidente un ataque violento.

Pero, literalmente, emergencia significa “emersión”: salir a la superficie y, para ello, se tendría que estar inmerso. En palabras cotidianas, salir a flote después de estar hundido. Y, en esa dirección, la emersión se acerca a la incorporación visible de algo, la liberación de un cautiverio. La emergencia podría tener un efecto negativo si es el comienzo o auge de una crisis y/o la emergencia también podría ser una positiva señal, como el inicio de una bonanza económica; en términos de alta política se puede hablar de emergencia democrática para, con ello, referir que se ha gestado un nuevo esquema de convivencia humana en alguna parte.

Sin embargo, como anticipábamos, la mayoría de las veces al escuchar el concepto “emergencia” nos imaginamos situaciones en que la vida o la salud de alguien están en serio riesgo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), ha contribuido a darle a ese concepto una connotación médica derivada de un acontecimiento inesperado que no admite dilaciones ni distracciones para rescatar la vida o recomponer la salud de alguien.  Desde esa perspectiva, perdemos de vista la otra acepción, la que nos interesa en esta ocasión. Sin temor a exagerar, la historia registrará este 2024 como el año en el que más procesos electorales se verificarán en el mundo. 49 por ciento de la población mundial podría ir a las urnas, a determinar, en cada caso,  el rumbo de la democracia de cada país. Deberíamos decir que la mitad de la población mundial “tendría” que ir a las urnas a ejercer de ese derecho. El derecho a decidir el porvenir de su país; pero la democracia es un emblema y sólo se confirma con la eficacia de procedimientos democráticos. La más representativa de las características de una democracia son las elecciones periódicas para renovar a la clase política que durante un ciclo integró el Poder Legislativo y a quien encabeza el ejercicio unipersonal de dirigir el gobierno. Los jueces, los magistrados, que encabezan el Poder Judicial no son elegidos a través de elecciones. Al menos en las democracias efectivas.

La realidad es que en una parte de ese conglomerado de países en los que durante 2024 habrá comicios, tampoco se trata de democracias estables y, menos aún, rigurosamente funcionales. Eso nos va a llevar a reconocer que la democracia no es esencialmente similar en todas partes; la democracia es un problema permanente a resolver y existen democracias avanzadas, democracias formales (de baja intensidad) y hasta “democracias de ficción”.

Por ejemplo, “democracias” simuladas como las de Cuba, Venezuela y Nicaragua son una farsa.

Otro caso de “democracia” de baja intensidad es el de Rusia que, con la prolongación de Vladimir Putin al frente, se aproxima cada vez más al autoritarismo del pasado, comportamientos del régimen de la URSS.

Pero, un número grande de países que se estiman democráticos, aunque no son ejemplares, cumplen estándares de media intensidad y, sin duda, celebran elecciones relativamente confiables.

Más de cuatro mil millones de habitantes del mundo deberían ir a las urnas en un centenar de países y, de ellos, en la mitad habrá elecciones para renovar la presidencia o sus equivalentes.

Lamentablemente, el abstencionismo es aún en las democracias modernas la seña de identidad de nuestros tiempos.

Temas: