¿República desechable?

El contexto electoral agudizó la irritación sobre el funcionamiento público. Por momentos, horas y hasta días, pareciera que la evolución democratizadora de los últimos 40 años es o una farsa o ha sido una costosa ficción. Nada más inexacto e injusto. 
 

Para Ximena y Areli, por el privilegio de compartir             

cuatro años de vuelo en la nave institucional.

En el mundo acontece un desencanto generalizado por la democracia y sus procedimientos. Las señales provienen de Europa, el enclave en el que se habían conseguido desde el último cuarto del siglo pasado los más altos y prometedores estándares democráticos, con mayor razón de otras latitudes con menores credenciales democráticas. Es indudable, la globalización está poniendo a prueba a las instituciones, signos, valores y símbolos de la economía y de la política contemporáneas.

Si en las flamantes democracias europeas —incluidas las de los países nórdicos— se están produciendo contradicciones insospechadas, cómo no entender la fobia antidemocrática que se está propagando en otras lalitudes, digamos en los países del hemisferio americano.

En forzada metáfora, así como se han estado evaporando las masas de hielo de los polos por el calentamiento global, pareciera que en medio de la bruma globalizadora se han encogido las instituciones históricas. Sí, se han achicado frente a los desafíos aquellas instituciones que sintetizan más de 2000 años de ensayo y error en aras de la idea democrática.

En esa marcha de progresivo cuestionamien-

to de las instituciones y del descrédito generali-

zado de la política (mucho más grave que la de los políticos) las instituciones autónomas también

han resultado alcanzadas.

El Estado incorporó a los organismos constitucionales autónomos como parte de un proceso de ingeniería constitucional para reforzar y complementar los equilibrios, frenos, pesos y contrapesos entre los tres poderes clásicos del Estado, la división de poderes que en su muy primera versión imaginaron Locke y Montesquieu; pero que fue necesario perfeccionar, ellos no supusieron que habría democracias de millones de personas.

La República en México ha sido una cara pretensión. Apenas en el año 2000 conocimos la alternancia en el poder presidencial. El esquema de la democracia republicana exige a los políticos hacer buena política y, a la sociedad asumir comportamientos ciudadanos.

Pero estamos viendo la exasperación con la que los políticos atacan las instituciones más recientes, como parte de estrategias de confrontación para ganar puntos en las urnas el próximo 1 de julio.

Puede resultar atinado como insumo para un estridente debate, más no es sensato reducir a los escombros a la formas de gobierno establecidas y tampoco a las instituciones históricas. Y solo porque a pesar de todo lo que han prosperado las recetas de la Ciencia política y la inversión pública en ellas a lo largo de tanto tiempo, no pueden evitarse o no han podido erradicarse los vicios que las aquejan. Por ejemplo, la partidocracia o la fragmentación incapaz de lograr consensos básicos (por gobiernos divididos) que demeritan los trabajos parlamentarios y con ello, la baja calificación de los legisladores a los niveles más bajos del respeto ciudadano.

O, la dinámica elusiva del poder ejecutivo que desde su cúspide elude selectivamente controles externos o la inoperancia de los mecanismos de depuración administrativa interna de la judicatura. Acaso sea precipitado atribuir los fracasos democráticos a las disfunciones de las instituciones autónomas, que aún son experimentales y naturalmente deben continuar en el proceso de mejor regulación para que su integración periódica sea mejor en todos los sentidos.

Con mayor razón deberíamos construir paciencia republicana frente a los más recientes experimentos como las candidaturas independientes justamente estrenadas con motivo del presente proceso electoral.

Roma no se hizo en un día. La República democrática es un proyecto permanente que a todos toca cuidar y prestigiar, no es un artículo desechable.

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