Sentido de Estado (por encima de patriotismos y lealtades de militantes)

La patria ha de ser más que un recuerdo, una promesa útil, una expectativa de porvenir conveniente. La patria es una dimensión mística en la que retoza el ánimo común para celebrar la grandeza de aquellos inmortales que, con sus palabras y hasta con su sangre, dieron origen a lo que llamamos nación. La patria es mucho más que sepulcros marmóreos para héroes, estatuas y monumentos broncíneos; si bien la patria tiene una explicación plástica, no sólo fue definida por los pinceles de los muralistas y retratistas de los personajes mayúsculos de nuestras epopeyas. 
 

A Roberto Gil Zuarth, senador

                en condición de retiro.

La patria es un campo de comprensión inconcluso, por eso exige la grandeza de los de cada época y momento en el tiempo nacional. La patria es una pócima que hace que los rivales de causas políticas e ideológicas irreconciliables se abracen con valentía en coyunturas en las que, lo que se pone a sus manos, es algo superior a ellos mismos, a sus banderas y convicciones fragmentarias. Como en Acatempan lo hicieron Iturbide y Guerrero, por cierto, en el febrero de 1821 y se ha malinterpretado ese abrazo como una simulación y/o claudicación. Nada más falso. Aunque septiembre, por definición, es mes de la patria, febrero es, y por muy variados motivos, un mes patrio. Coinciden en la reseña de las efemérides los acontecimientos fundacionales de la Constitución de 1917, los tormentosos episodios de la decena trágica en que fueran sofocados los alientos de Madero y Pino Suárez y en cívica compensación febrero incluye las solemnidades de los días del Ejército y de la Bandera Nacional.

En septiembre, el ideario del guión histórico oficial coloca por delante a Morelos como “El Siervo de la Nación”. En febrero, la mística nos conduce al martirologio y coloca al frente la ofrenda de Madero. Aunque la inflamación de la conciencia nacional parte desde que Cuauhtémoc defendió con su proverbial suplicio a la gran Tenochtitlan frente a Cortés en aquel amargo 1521, el 28 de febrero se iza a media asta la bandera por su penosa muerte. También febrero sintetiza otras batallas. El 5 fue en su origen la fiesta católica por excelencia. San Felipe de Jesús fue proclamado el primer santo mexicano en 1862 y fue eclipsada esa celebración por la coincidente proclamación de la Constitución de 1857, fecha que tuvo que ser igualmente escogida por laico decreto para la promulgación de la Carta de Querétaro de 1917. La patria también es un amasijo de armisticios sazonados con perdones avergonzados y pretéritos rencores.

Al margen de los reproches y las incomprensiones, la patria implica defender la convivencia pacífica que es, en suma, la herencia de un acervo formado por el disímbolo legado de los próceres buenos y de los no tan buenos, aunque parezcan malos. Aparte. Con motivo de la renuncia a su escaño, que no a su militancia, Roberto Gil hizo pública una carta en la que explica sus razones. No pretendo en lo absoluto ingresar a opinar sobre cualquier posición, zona exclusiva de él y sus correligionarios.

Rescato sólo la parte en que revela su afán de encontrar espacio para poder explicar a sus hijos y, especialmente, al niño que fue (escena congelada en una fotografía de 1983 en que se le ve irrumpiendo entre bicicletas infantiles durante la campaña de un gobernador por Chihuahua), el significado de vivir para la política. Seguramente, Roberto retornará pronto a lo suyo porque la política es la vía para perseguir ideales y no a personas opuestas, y para acercar a los acérrimos en aras de remediar a la República, eso es tener “sentido de Estado”. En la República cabemos republicanos liberales y conservadores dispuestos siempre a otro abrazo de Acatempan. Un Acatempan siempre será mejor que un fusilamiento o una expulsión. Inclusive, los que se den un abrazo equiparable corren el riesgo de parecer héroes y hasta de llegar a serlo.

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