Restaurar a la esperanza (escultura) y reconstruir a la madre (monumento)
Una vez superada la emergencia, urge incluir en el plan integral de la reconstrucción la restauración del patrimonio histórico monumental afectado
No es una cuestión menor, después de las pérdidas humanas, “las otras víctimas” son las monumentales, artísticas y culturales. Repararlas contribuirá a resanar los estragos visibles y los invisibles que aquejan al ser nacional.
El violento remezón del 19 de septiembre de 2017 lastimó a más de 700 monumentos históricos, con daños considerables que van desde el desplome de templos, grietas en fachadas o fisuras en murales. En la catedral Metropolitana se cayó la escultura de la esperanza, agregada por Manuel Tolsá, sobre el cubo del reloj de la fachada principal en 1813, y en el jardín del arte, entre las calles de Sullivan y la Avenida Insurgentes, se desmoronó el Monumento a La Madre, ideado por Vasconcelos en 1922 e inaugurado por Manuel Ávila Camacho en 1944.
De entre los sismos más destructivos al patrimonio cultural ubicado en México están el de 1957, aquel 28 de julio a las 2:43 de la madrugada, en que se cayó la estatua de la victoria alada, más conocida como el Ángel de la Independencia; en el de septiembre de 1985, a las 7:19 minutos se vino abajo el Centro Habitacional Juárez con los altorrelieves de Carlos Mérida y afectaciones a los grandes murales del Centro Histórico; los temblores de 1999, del 15 de junio en Puebla y el 30 de septiembre en Oaxaca, causaron grandes estropicios en edificaciones históricas de corte religioso.
El 7 de septiembre de este 2017, los sismos afectaron nuevamente a Oaxaca y a Chiapas. En ambas entidades federadas causaron serios daños al conjunto de monumentos reconocidos con valor artístico.
Existen casos paradigmáticos relacionados con la destrucción del patrimonio monumental de las ciudades por temblores de tierra. Uno de ellos es el de La Antigua Guatemala, justamente hace 300 años, en el año de 1717, y durante septiembre también, el 29 de ese mes, día de San Miguel, se estremeció la tierra y destruyó parte de los templos y conventos de la formidable Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, los daños no fueron reparados, las ruinas de algunos templos se quedaron tal cual los dejó sobre los suelos la furia del terremoto, y el 29 de julio de 1773, la devastación de la ciudad fue culminada por los temblores de Santa Marta, que a su vez obligaron a las autoridades a trasladar la capital a una nueva Ciudad de Guatemala.
Curiosamente, el grado de destrucción de las edificaciones virreinales, principalmente religiosas, fue de tal magnitud que no hubo motivación para reconstruirlas, se optó por abandonar la ciudad y dejarlas en ruinas.
Al paso de los siglos, la majestad de las ruinas de los templos de la Antigua de Guatemala, aunada a la belleza en pie de los caseríos que la componen y habitados ahora con una verdadera vocación turística la convirtieron en una de las ciudades históricas “mejor conservadas” de América. Paradójicamente, la conservación de las ruinas de esos formidables templos colinda con las modestas construcciones de uso civil que refieren en conjunto la importancia estética que tuvo la urbe ancestral y ahora para fines de turismo y recreación.
Los sismos de 2017 deben servir —aunque parezca eso un absurdo— para regenerar las condiciones con que regulamos y habitamos las ciudades mexicanas.
Me entero con alegría que el gran Fideicomiso “Fuerza México”, que se ha creado para la reconstrucción nacional y que por exigencia de los donadores de recursos desde el extranjero, de empresarios y ciudadanos, no destinará fondos para obras oficiales, salvo en una pequeña proporción a la restauración del patrimonio cultural. El turismo debe venir a constatar cómo reparamos las joyas históricas.
