¿Defender a la persona o la personalidad digital?

La globalización es una sensación engañosa, 
nos lleva a vivir 
—instantáneamente— 
al mundo desde el 
lugar en el que residimos, también 
es una dimensión interesada, nos 
hace llegar el mundo y sus efectos 
a través de la internet. 
 

Lo “global” es lo digital, un plano de movilidad del que sabemos tan poco, pero en el que muchos estamos más por comodidad inercial y por moda irrenunciable que por absoluta convicción.

En esa existencia digital resulta imposible desconocer el precio de ser “cibernautas” navegantes ciertos e inciertos en la red, pasajeros o tripulantes online que lo mismo juegan o compran o se informan o se recrean o invierten o estafan o defraudan.

No importa dónde radique, en Nueva Delhi, Montevideo, Atenas, Manila, Hawái o Estambul, el individuo de hoy vive en una doble frecuencia, la local, en la que se muestra de “carne y hueso” y/o de “cuerpo entero”, y en la digital —que va mucho más allá de lo que conocemos como mundial—, porque la proyección virtual en la que ahora nos movemos rebasa los confines del planeta y nos transporta de mundos ideales a dimensiones paralelas, en las que se contacta a personas ciertas y conocidas con nombre propio y a otras que son ficticias, con identidad inventada, y esa dimensión misteriosa es y será defendida como sustento de la libertad de expresión.

Por esa razón no se ha logrado regular la internet; existe la vocación de los gobiernos de controlar la nueva zona de circulación de ideas y dinero, es cierto, se han formado paraísos del anonimato, ámbitos perfectos para la “ciberdelincuencia”.

La faceta contemporánea de la igualdad humana permite la conexión digital de personas ciertas e identificables entre sí, pero a la vez la globalidad implica soluciones más allá de las personas reales, permite la conexión virtual con personas inciertas o ficticias y hasta el “internet de las cosas”.

Las actividades o pasatiempos digitales son riesgosos tanto o más que los que acontecen en el plano real en el intercambio de las personas reales. Los ataques digitales a la privacidad de las personas ciertas y conocidas son una constante y en el ciberespacio existen “hoyos negros” o pantanos en demérito de la identidad real de los cibernautas y, además, en esos abismos prospera el “cibercrimen”.

A pesar de ello, una vez que nos volvemos personas digitales no queremos regresar al exclusivo plano real. Inclusive, de un tiempo para acá los familiares deciden dejar abiertas las cuentas de su pariente en las redes y las manejan con información selecta alusiva al ser querido que se ha ido para que, efectivamente, no se vaya del todo.

Así permanecen las cuentas en Facebook o en Twitter de las personas que han muerto para seguir recordándolas, para que nos hagamos a la idea de que aún siguen, pero especialmente para que se pueda acceder a lo que escribieron o “postearon” en vida. Lo “lógico” era cerrar esas cuentas, dolorosa decisión de la familia o personas más cercanas del cibernauta extinto, hoy se estila dejar ese registro digital abierto en operación para, con ello, incorporar una suerte de cementerios digitales.

En México más de la mitad de la población (de aproximadamente 120 millones de personas) es internauta y las operaciones digitales se verifican a través de los dispositivos portátiles, principalmente teléfonos celulares.

La dimensión digital también propicia vulnerabilidad de las personas reales en sus domicilios, en sus movimientos y en sus pertenencias tangibles por los registros que de los mismos se hacen desde la internet.

Urge defender a la persona digital, pero también a la personalidad digital de todos (hasta que existan motivos legales justificados para investigarla). La restricción de las libertades exige certeza del proceder de las autoridades.

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