En memoria de los Tovar y de Teresa
Sin ánimo de generar polémicas inútiles, los Tovar y de Teresa, como en el caso de los Revueltas, fueron y son familias integradas por insignes personajes clave de su tiempo para el esplendor cultural del México contemporáneo.
La reciente muerte de Rafael Tovar y de Teresa, secretario de Cultura del gobierno federal, cimbró las estructuras del medio oficial dedicado al fomento y a la preservación de las artes en México y trajo, inevitablemente, el efecto de la ausencia, justo hace ya tres años, de su hermano, el genial historiador Guillermo. Tan cercanos y tan distintos a la vez, pero absolutamente complementarios a los fines de sus potencias intelectuales en favor de la causa de enfatizar la proverbial riqueza del México pretérito y actual.
A Guillermo y a Rafael, la erudición sensible a las virtudes artísticas no les cayó como un meteorito encima de la cabeza. La común inclinación por el conocimiento de la historia y la conexión de ese saber en acicate benéfico para el ser nacional lo traían en la sangre.
Sin duda, herencia fecunda de sus antepasados, refinados y eminentes cultivadores de lo bello y de lo bueno. Pero cada uno a su manera buscaba —y lo consiguieron ambos— trascender hasta convertirse en instrumentos de transformación conceptual y estructural del acervo cultural de este país.
Su paralela vocación a intervenir en la cultura les unió como hermanos, Rafael, mayor dos años que Guillermo, pero también les provocó grandes diferencias. Siendo tan parecidos definieron estilos distintos para asumir cada cual la senda para hacer de sus vidas un esmerado homenaje a la riqueza estética de México.
Rafael encontró el camino en y desde el poder público. Con olfato y agudo pragmatismo puso sus talentos en la conveniencia de articular en términos burocráticos la política del valor de las artes universales y sus genuinas expresiones mexicanas.
Sus cualidades y la perseverancia en el círculo del poder lo hicieron un formidable forjador de instituciones públicas especializadas en el arte de hacer popular el arte.
El experimento de acercar a la sociedad al orgullo de las tradiciones culturales como fórmula que todo buen gobierno debe efectuar y que él, como un canciller cultural del Presidente de la República, hizo con ahínco.
Cual ministro plenipotenciario de las artes durante las últimas dos décadas, Rafael fue un estratega para elaborar políticas públicas que especializaran el rescate de los espacios con valor histórico y artístico en sitios de recreación estética.
Guillermo era y fue un caso extraordinario, un niño genio respetado y querido por la generación de los sabios y estetas más ilustres del siglo XX, como Ernesto de la Peña, José Luis Martínez y Octavio Paz, entre otros.
Guillermo fue un memorista descomunal, un genial expositor del espléndido patrimonio monumental del México novohispano, pero, mucho más que eso, Guillerno fue a la vez un sensacional intérprete de las mutaciones estéticas a través de la palabra escrita, la música, la arquitectura y las artes plásticas que hacen el compendio que confirma el México mágico de tres milenios.
De sus 30 libros publicados, uno acaso sintetiza la plenitud de su carácter y el poderío de su notable afán crítico, me refiero a La Ciudad de los Palacios. Crónica de un patrimonio perdido.
Cito textual las palabras de José Iturriaga al comentarlo: “… Guillermo Tovar, encendido en ira santa y dotado de paciencia ilimitada, ha denunciado la destrucción sufrida por nuestra ciudad capital armado de una rica y desconocida colección [fotográfica y litográfica] reunida por él. Con ese material ilustró objetivamente la obra depredadora a que ha sido sometida”.
Guillermo y Rafael Tovar y de Teresa, que eligieron la Historia como vía para vivir, ya son parte de la historia nacional.
