#19S, efeméride de tragedia, ¿por desastre natural o por reconstrucción oficial?

La “reconstrucción”, tras una tragedia por desastre natural es tarea y deber del Estado democrático, nunca una generosa intervención. Para denominarse Reconstrucción —con todas sus letras—, ha de ser integral e integradora para damnificados directos, y para los indirectos (la sociedad en su conjunto); en sus efectos reparadores (los menores y los mayores, los tangibles e intangibles), ha de ser íntegra para ser memorable

La “reconstrucción” en ofensivo sarcasmo: es un amasijo de improvisaciones, errores de buena fe, acciones desordenadas, incluida la opacidad, sobre lo que se hace al respecto, desperdicio por cálculos ingenuos o por falta de experiencia planificadora y, encima, simulación oficial para esfumar recursos, o sea, deliberado afán de lucrar con el escarnio ajeno. Entonces, se reduce a reparaciones o remedios superficiales, siembra doble dolor en los más lastimados por la tragedia y lo peor: todo eso que se disfraza de “reconstrucción” burla a los más perjudicados y se torna en fuentes de nuevas y peligrosas exposiciones a un futuro desastre similar. A ese hipotético cuadro se le llamaría sin duda una catástrofe. 

Ante la tragedia humana por un desastre natural de destrucción masiva, consuela más no resigna, que se trata de fenómenos impredecibles e incontrolables. Pero la irritación social y el desconsuelo se desatan cuando afloran las certezas sobre la negligencia gubernamental que rodeó las condiciones de vulnerabilidad previa al siniestro natural y se desbordan cuando esa negligencia primera se prolonga y se mezcla con la rapacidad o la indolencia gubernativa que se organiza para librar la contingencia y luego reconstruir y compensar pérdidas.

Ya desde el terremoto de 1985, la desconfianza internacional en el entonces gobierno mexicano se hizo patente en la simbólica actitud del tenor hispano-mexicano Plácido Domingo, que se constituyó directamente en las ruinas del multifamiliar de Tlatelolco en que vivían sus tías, a mover y remover escombros poniendo en riesgo su propia salud, incluso sus facultades para proseguir su exitosa carrera de tenor universal; además, el gran intérprete de Amapola y Júrame abrió una fundación para recaudar fondos con sus conciertos.

Al margen del hermoso gesto de la solidaridad de la sociedad que, espontánea, salió a ayudar y a rescatar vidas con valor. La desconfianza en el gobierno se agudizó al comprobarse con el sismo de 1985 que la mayor parte de los donantes condicionó su ayuda a que fuera entregada directamente a los damnificados. Circularon por el mundo las escenas de los quesos holandeses donados y las tiendas para dormir a la venta en el mercado sobre ruedas de La Lagunilla.

El año 2017, y gracias a las transformaciones de las tecnologías, que son un antes y un después en la revelación de los quehaceres públicos (batalla no exenta de zonas institucionales en donde se han tenido escasos avances), hubo otra vez de todo. Bueno y malo.

La reacción espontánea de la sociedad se confirmó, los millennials, ajenos a la experiencia 32 años antes, estallaron en cadenas humanas de auxilio, “puños en alto” brindaron un respetuoso entusiasmo para sumar sus manos a las tareas de la contingencia. El sector privado organizó fondos para la recolección de donativos empresariales de manera ejemplar, destaca el caso del fideicomiso Fuerza México del Consejo Coordinador Empresarial al que fue invitado el Inai como testigo por Juan Pablo Castañón.

El sector público, básicamente el del gobierno federal, acordó desarrollar una labor intensa y transparente sobre la reconstrucción. Aún faltan procedimientos que hacer para que eso se pueda comprobar plenamente. En el orden de los gobiernos locales afectados todavía es más asimétrica la información sobre lo que se ha recaudado y su aplicación y destino. No podemos asegurar que lo nuestro se denomine Reconstrucción.

Comisionado presidente del Inai

Twitter: @f_javier_acuna

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