El término Superinteligencia es un revolucionario concepto teórico y tecnológico que describe a un sistema o agente hipotético cuya inteligencia supera con creces la de los seres humanos más dotados en virtualmente todos los ámbitos, como el razonamiento, la creatividad y la resolución de problemas.
El filósofo Nick Bostrom popularizó el término en su libro Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, donde analiza los riesgos y los caminos potenciales de la inteligencia artificial (IA) hacia una mente artificial superior.
En un contexto caracterizado por los efectos económicos devastadores de la guerra en Irán y la incertidumbre de los resultados de las elecciones intermedias en los Estados Unidos, la administración de Donald Trump ha decidido implementar diversas medidas en torno al desarrollo tecnológico y la terminología de lo que se conocía como IA.
En ese tenor, Trump firmó una orden ejecutiva para sustituir oficialmente el término Inteligencia Artificial por Superinteligencia, en todos los departamentos y agencias del gobierno federal, (incluyendo comunicaciones, sitios web y documentos oficiales), argumentando que la palabra “artificial” hace que la tecnología parezca falsa.
Tras una reunión y almuerzo de trabajo en la Casa Blanca con directivos billonarios como Elon Musk (X/xAI), Mark Zuckerberg (Meta), Jensen Huang (Nvidia), Sundar Pichai (Google), Dario Amodei (Anthropic) y Greg Brockman (OpenAI), se selló un compromiso voluntario de autorregulación (controles internos de ciberseguridad, evaluaciones de riesgo y revisiones externas) en lugar de imponer leyes o regulaciones federales estrictas, a contrario sensu de lo que sucede en Europa.
Desde su regreso al poder, Trump 2.0 ha manifestado su oposición a frenar el crecimiento de la industria. La negativa a imponer regulaciones federales o internacionales se da bajo el argumento de que si Estados Unidos no desarrolla sus capacidades tecnológicas sin restricciones legales, China seguramente lo hará.
No obstante, a pesar de la fuerte competencia por este liderazgo, ya se han discutido iniciativas diplomáticas bilaterales, incluyendo conversaciones entre Trump y el presidente chino Xi Jinping para establecer una línea directa (hotline) de comunicación enfocada en mitigar riesgos extremos de la Superinteligencia. Se busca un punto de convergencia en caso de catástrofes imprevistas.
Las reacciones a las políticas estadunidenses han confirmado que en esta materia existe una profunda división global. Tras el rechazo de Trump en la ONU a un marco normativo internacional y su decisión unilateral de renombrar la inteligencia artificial como Superinteligencia, el saliente secretario general de la ONU, António Guterres, lanzó una fuerte advertencia. Declaró que “las decisiones de vida o muerte no deben cederse a las máquinas” y alertó sobre los peligros catastróficos e irreversibles de los robots asesinos y los avances sin control.
El “esquema globalista” que persiste, entre los países críticos a la estrategia de los Estados Unidos, busca caminos alternativos. Líderes de más de 20 naciones, incluidos otrora aliados clave como Canadá, Alemania y Australia, firmaron un llamado internacional para exigir una fiscalización rigurosa de la tecnología y la creación de un organismo regulador internacional bajo el amparo de la ONU.
Las visiones de regulación global impulsadas desde Europa y las Naciones Unidas serán combatidas fieramente por las dos grandes hegemonías contemporáneas. Ni Estados Unidos ni China se sumarán a esta petición de control coordinado, lo que dejará al resto de la humanidad a expensas de una posible carrera armamentística digital sin reglas claras ni consensos futuros. La realpolitik seguirá imperando.
