Democracia: fórmulas agotadas
Hasta las democracias más consolidadas se encuentran en peligro

Francisco Guerrero Aguirre
Punto de equilibrio
El pacto democrático tradicional se fundamentaba en el compromiso de los contendientes de que la campaña electoral era el punto culminante de la polarización, y que una vez que el electorado se pronunciara, los rivales se darían la mano y aceptarían con gallardía el resultado.
El nuevo gobierno adquiría una legitimidad profunda que le permitiría establecer una relación civilizada con la oposición derrotada y una oferta de unificación nacional llena de reconciliación en torno al proyecto nacional aprobado en las urnas.
Desde la posición privilegiada de la Jefatura del Gobierno y de una concepción generosa de las virtudes del “Estado Nacional”, los titulares del Poder Ejecutivo se comprometían con un principio fundamental: “gobernar para todos”. La batalla había concluido y era tiempo de cumplir promesas y pensar en el legado.
Lo que hemos visto en los últimos años dista mucho de esas viejas fórmulas. Las redes sociales transformaron de manera dramática las características de la contienda arrojando ingredientes de polarización cada vez más corrosivos. Las cámaras de eco, los algoritmos y las mentiras han inundado la política.
Influencers, profetas y merolicos profesionales conocen a detalle la efectividad de los nuevos códigos de comunicación política que buscan escándalo, demonización y controversias baratas muchas veces en favor de proyectos ilegítimos e inconfesables.
Aunque los procesos electorales terminen, los triunfadores se obsesionan con “desaparecer” a sus oponentes, aunque con ello destruyan todo el entramado institucional que los llevó al poder.
El agotamiento de los usos y costumbres de la democracia liberal del siglo XX se ha traducido en escenarios crecientes de parálisis, ingobernabilidad y lamentablemente cada vez más violencia. Las viejas convicciones y principios que alguna vez se consideraron fundamentales, se consideran por muchos como “ingenuidades” que sólo estorban el avance de una agenda pragmática carente de valores éticos y democráticos.
Es claro que la jornada electoral no está resolviendo el dilema planteado a los votantes. Nos hemos instalado en un modo de “campaña eterna” que aumenta progresivamente los niveles de polarización. En consecuencia, la búsqueda de mayorías absolutas se transforma en una obsesión para las maquinarias gubernamentales que detentan el poder.
Aunque suena atractivo, la destrucción de la oposición resulta contraproducente porque alimenta un apetito desmedido por el control autoritario. La captura de otros poderes está inspirada en el deseo de imponer una “agenda única” que no permite disensos ni críticas.
La liviandad de la discusión pública es la prueba fehaciente de que no existen condiciones para debates profundos sobre los grandes problemas que enfrentamos. No es casualidad que el cambio climático, las crisis hídricas o la creciente incapacidad para producir alimentos sean los grandes ausentes en las campañas de los últimos 10 años.
- BALANCE
El abandono de los principios que fundamentaron a la democracia liberal nos llevará indefectiblemente a escenarios cada vez más oscuros e impredecibles. Hasta las democracias más consolidadas se encuentran en peligro.
La búsqueda frenética por la desaparición del equilibrio de Poderes es el síntoma más preocupante de los últimos tiempos. Eso sumado a la emergencia de dictadores o aprendices de ese oficio nos puede colocar en un callejón sin salida.
Si la sociedad sigue adormecida por discursos baratos de populismo y clientelismo, ya sea de izquierda o de derecha, regresaremos indefectiblemente a los usos y costumbres del siglo XIX. Reyes, caudillos y profetas. Merecemos mucho más que eso. De eso no hay duda.