De lo imperfecto a lo aceptable…

PorCatherine Prati Rousselet* y Bosco Mbawmbaw Iyensay** Pobreza, inseguridad y falta de oportunidades que azotan innumerables comunidades humanas no son ineludibles fatalidades, inexorables castigos divinos o torcidos golpes de la providencia. Son consecuencias de ...

Por Catherine Prati Rousselet* y Bosco Mbawmbaw Iyensay**

Pobreza, inseguridad y falta de oportunidades que azotan innumerables comunidades humanas no son ineludibles fatalidades, inexorables castigos divinos o torcidos golpes de la providencia. Son consecuencias de comportamientos irremediablemente antropogénicos.

No existe régimen político perfecto (esto es utopía). El modelo occidental de la democracia es, dentro de lo imperfecto, lo (hasta el día de hoy) perfecto para Occidente. Para el resto del mundo, donde el modelo fue importado (muchas veces impuesto) en menoscabo de los contextos étnicos, culturales e históricos, con el fin de garantizar un marco de estabilidad (aunque fuese precario) social, económico y político para la cooperación internacional al desarrollo (de inspiración liberal), sigue constituyendo una ilusión óptica que no engaña a nadie pero perpetra sempiternos flagelos.

La genialidad del modelo consiste en no reducir las prácticas democráticas al insípido gobierno de las minorías por la mayoría ante las urnas. Tampoco generar privilegios más que vitalicios, dinásticos, en perjuicio de los olvidados para los grupos en los diferentes órdenes de gobierno: la colosal y desprotegida mayoría social. Además, a partir del sistema de contrapesos para el ejercicio del poder, que siempre emana del pueblo (de todo el pueblo), el propósito es edificar robustas instituciones al servicio incondicional de todos.       

En muchas latitudes (léase, países en desarrollo o, peor aún, emergentes) no se ha entendido (o no se ha querido entender) ese sistema que avala las diferencias, pero busca la satisfacción de las necesidades de cada uno de los gobernados.

Al cabo de un proceso electoral de extrema violencia, tal vez el más intricado de la historia del México moderno, y a unas cuantas horas de la tarea electoral donde, finalmente, cualquiera debe prepararse ante la posibilidad de pertenecer a la minoría: es la regla, un momento de reflexión se impone. 

En Sudáfrica se identifica una de las pocas prácticas exitosas llamada Ubuntu. Consiste en la gestión de la esfera pública, diseñada conforme al modelo de solidaridad y de respeto entre los diferentes pueblos. En contraparte, los países de África subsahariana fracasan en la implementación de estructuras de esencia democrática que, por su debilidad o intrascendencia, perpetúan los dolorosos

esquemas de subdesarrollo.

En el continente americano, aunque pese y con casi un siglo y medio de “experiencia democrática”, el diagnóstico no dista mucho del anterior. Es innegable que la corrupción lo ha arruinado todo, pero también es cierto que su omnipotencia se debe a la habilidad de un puño de privilegiados para aprovecharse de los conflictos locales, generados por la incapacidad (o falta de voluntad) de resolver la desigualdad. Algo poco diferente a lo que pasa en África, donde se exacerban los conflictos étnicos para patrocinar las manipulaciones políticas, en beneficio, por cierto de la oligarquía occidental.

Antes de pensar en esquemas como los que ofrece la gobernanza y promover la acción de la sociedad civil ante los vacíos de poder, es necesario encontrar mecanismos renovados para un gobierno si no perfecto, por lo menos aceptable (¿aceptado?) por y para todos. 

*Coordinadora de Posgrado y Educación Continua. Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México

**Estudiante de la Tercera Generación del Doctorado en Seguridad Internacional

forointernacional@anahuac.mx

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