Los idiomas y la paz

Hay iniciativas que promueven el diálogo intercultural mediante los vehículos lingüísticos como plataforma para la prevención de controversias.

Por Catherine Prati Rousselet*

Pronto llegará el umbral de la tercera década del nuevo milenio y el respeto de la dignidad humana, del latín dignitas, “excelencia”, “grandeza”, piedra angular de todo el aparato democrático, sigue siendo un objetivo imposible de alcanzar. El político invoca las teorías; el filósofo, la antropología; el sociólogo, las mermas. Y así nos vamos, lamentando la pérdida de valores, como si alguna vez hubiera existido este Nirvana tan anhelado.

Más que nunca (desafortunadamente, siempre es “más que nunca”), múltiples hechos atestiguan un patético carnaval. Van algunas etiquetas, todas, resultado de conductas socialmente aprendidas. Hombres vs. mujeres y mujeres vs. hombres. Blancos vs. negros y negros vs. blancos. Menos blancos vs. menos negros y viceversa. Jóvenes vs. viejos... Ricos vs. pobres... Lo urbano y lo rural, los pueblos originarios y los ¿qué?, ¿no originarios?, lo nacional y los demás. Los demás contra todos y todas.

Lejos de los escenarios políticos (sería difícil imaginar lo intergubernamental desligado de lo político) existen iniciativas que buscan promover el diálogo intercultural mediante los vehículos lingüísticos, como plataforma para el acercamiento de las comunidades y la prevención de controversias; esto es, que el idioma no sea más un vector de avasallamiento sino un facilitador de paz.

En ese sentido, y desde las primeras décadas del siglo pasado, los francófonos tomaron consciencia de la existencia de un espacio lingüístico compartido favorable para los intercambios y el enriquecimiento mutuo; por lo que el 20 de marzo de 1970 fue creada en Niamey (capital del Níger) la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica (ACCT), hoy, Organisation Internationale de la Francophonie (OIF): Organización Internacional de la Francofonía.

El término “francofonía” apareció por primera vez alrededor de 1880 cuando fue acuñado por el geógrafo Onésime Reclus, para designar el conjunto de personas y países francoparlantes (hay que ver allí una de las secuelas del Congreso de Berlín de 1878 y su corolario: la sedienta expansión colonial europea).

Hoy en día, la OIF es un aparato institucional que reúne a 84 naciones (54 miembros, cuatro asociados y 26 observadores, entre los cuales se encuentra México), 274 millones de personas en los cinco continentes. Su Carta, revisada en 2005, se rige a partir de los siguientes principios: 1) instauración y consolidación de la democracia, 2) prevención, gestión y resolución de conflictos, apoyo al Estado de derecho y a los derechos humanos, 3) intensificación del dialogo entre las culturas, 4) acercamiento de los pueblos por su conocimiento mutuo, 5) consolidación de la solidaridad por acciones de cooperación multilateral para favorecer el desarrollo sustentable de las economías, y 6) promoción de la educación y formación profesional.

La OIF, cuya secretaria general es, desde 2015, la periodista de origen haitiano, Michaelle Jean, también exgobernadora general de Canadá (2005-2010), se apoya en las organizaciones de la sociedad civil acreditadas ante ella (asociaciones profesionales, grupos de escritores, periodistas, abogados, ONG) para el desarrollo de sus programas.

¿Un ejemplo a seguir? Sin duda. Cuando varias instituciones gubernamentales y universidades celebran la Semana Árabe en México, la perspectiva lingüística para la paz ha sido evocada.

* Coordinadora de Posgrado y Extensión. Facultad de Estudios Globales. Universidad Anáhuac México Campus Norte. forointernacional@anahuac.mx

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