Una luz que se escucha

“El rock no ha desaparecido, es sólo que cada vez menos personas consideran que tiene un significado cultural decisivo como el que tuvo en los años sesenta”.

Con la inteligencia artificial y sus maquinaciones previas, uno ya no sabe. Antes de desestimar la evidencia, confesaré que hace un par de años mordí el anzuelo. En un video de YouTube, Rick Rubin, el legendario productor musical, invita a escuchar una pequeña melodía a Paul McCartney, ambos ante una consola. De repente suena Hammer Smashed Face, de la banda de death metal Cannibal Corpse.

La reacción del Beatle resulta tan divertida como extraordinaria. No sabe qué decir: frunce el ceño, pone cara de incredulidad, pero se anima a tocar al aire la guitarra con su famosa zurda, al tiempo que Rubin manipula el aparato de audio en la que deja por momentos solamente la potente voz gutural de Chris Barnes o la batería o el bajo. Pasado el ruidajal, McCartney suelta: “Cool group”. Y ambos ríen.

En realidad, se trata de un montaje hecho a partir de un fragmento de la serie McCartney 3,2,1. Viene al caso porque, desde mi punto de vista, ese instante ficticio es una síntesis del impacto y la evolución del rock. Y me vino a la mente al leer, hace varias semanas, 1966. El año del nacimiento del rock, de Alberto Blanco.

Desde la invención de los discos, la historia de la música está íntimamente ligada a ellos. De manera natural, el buen escucha ha de convertirse en coleccionista de objetos (vinilos, casetes o CD) que suenan en un aparato (cuyo universo parece estar reunido por completo en el streaming), y se torna, acaso sin proponérselo, en un experto y, por lo tanto, en una autoridad a la que tarde o temprano se acude.

Con 1966…, Alberto Blanco entrega un fascinante relato personal del género que supuso la revolución cultural más importante de la segunda mitad del siglo XX. Parte necesariamente de lo global, pero traza una ruta local sin dejar de lado las agitaciones políticas y sociales que se gestaron y fueron divulgadas masivamente desde mediados de la década de los años 60, cuando el rock penetró en la audiencia hasta lugares y regiones insospechadas para sus propios ejecutantes y promotores.

Los retratos puntuales de figuras clave aquí trazadas como The Beatles, The Rolling Stones, Pink Floyd, The Who, Chuck Berry, Cream, Frank Zappa, Billie Holiday, Janis Joplin, en fin, permiten ver el panorama. Asimismo, Blanco deja patente la influencia del rock en sus seguidores, que asumieron las posturas políticas de esos héroes con instrumentos, presos algunos en la codependencia de las sustancias alucinógenas, lo que malogró carreras y generó leyendas.

Pasadas las décadas, estima Blanco, y le sobra razón, “con el rock ha sucedido algo parecido a lo que pasó con el jazz: dejó de estar en el frente de batalla para pasar a los márgenes, donde se puede sentir muy a gusto, con espacio para experimentar y seguir evolucionando”. Empero, remata: “El rock no ha desaparecido, es sólo que cada vez menos personas consideran que tiene un significado cultural decisivo como el que tuvo en los años sesenta”.

Llegado el primer cuarto del siglo XXI, quizás al rock se le venere como al viejo sabio al que nunca se le deja de aprender. En efecto, las transformaciones musicales han llegado al extremo de la indefinición, pero esos cruces, inevitables y agradables, han seguido el norte del rock. No pocos músicos de hoy continúan la tradición y honran un legado deslumbrante.

Al final, siempre estará esa curiosidad por asomarse al árbol genealógico para verificar las melodías originarias. ¿El rock hoy en día es otra cosa? Seguramente. Insisto, aficionarse a esa “nueva música clásica”, como la llamó José Agustín en su libro ya ídem, recién reeditado, por fortuna (con un prólogo del propio Alberto Blanco), nos lleva a senderos que se bifurcan (Borges). El futuro del rock está en sus puntos de partida. Desde el año de su nacimiento brilla para la humanidad entera.

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